¿Le gustan los símbolos patrios?

       Entre los días grises de mi la vida se ha de contar aquel en que debía jurar la bandera. Eran tiempos de la dictadura y a los ministros militares les gustaba hablar, créanlo jóvenes, bastante más que a los civiles. Un discurso larguísimo y malo, justamente pifiado por todos los asistentes. Me tropecé al tratar de arrodillarme ante el pabellón nacional, en una ceremonia impersonal y mal organizada. Como había que hacerlo de apuro creo que no llegué a besar la punta del lábaro patrio como debía. Luego el profesor de educación física nos hizo un “servicio especial” porque dijo que habíamos estado indisciplinados.

         Fue una fecha caótica e ingrata, pero no data de ella la nula veneración que tengo a la bandera, sino que arranca de mi rechazo al fetichismo. Lo que importa es lo simbolizado no el símbolo. Hay que amar a esta bella tierra y, sobre todo, a su gente extraordinaria y, en especial, a sus hermosas mujeres. Esos ojos en los que vi reflejarse las arenas de Palmira son para mí más patria que una banda tricolor. Y también lo son más las travesuras de una niña, la conversación de los amigos y la sabiduría de un anciano sacerdote.

Pabellón de los déspotas

            Pero, aparte de ese rechazo basado en un racionalismo que admito extremo, me es difícil emocionarme ante una bandera a la que considero poco ecuatoriana. Como dice la historia fue creada por Francisco de Miranda, quien la pensó como bandera de Venezuela. Se sabe que para ella usó los colores rituales de la logia masónica Lautaro. Esta organización fue fundada por el mismo Precursor, quien tomó el amarillo, el azul y rojo de los colores emblemáticas de su protectora la emperatriz Catalina II de Rusia. Gente más mal pensada, visto que no se ha encontrado hasta ahora el emblema tricolor de la soberana, afirman que, en realidad, eran sus colores favoritos de enaguas, porque ella, según ciertas versiones, fue amante del gran Miranda. Otra versión sostiene que en realidad, por deferencia con la misma zarina, cuando inició su aventura independentista, el Precursor venezolano utilizó en sus barcos un pabellón idéntico al ruso: blanco, azul y rojo. Pero, por peripecias y demoras en la navegación, el blanco se volvió amarillo y, como no fue posible cambiarlo, así se quedó para siempre.

            La independencia ecuatoriana se inició efectiva y eficazmente el 9 de octubre de 1820, con la proclamación de la libertad en Guayaquil. Cierto es que antes hubo los intentos de Quito, pero fracasaron. Los próceres de octubre izaron una bandera ecuatoriana: la azul y blanco. Luego vendría Bolívar a imponer, contra el pronunciamiento del pueblo guayaquileño, la incorporación a la Gran Colombia con bandera y todo. De paso recordemos que el Libertador se portó re mal con Miranda, el inventor de nuestro pabellón.

            Cuando Ecuador se proclamó independiente, nuestro primer presidente, el general venezolano Flores, mantuvo los colores amarillo, azul y rojo. Pero él y otros militares extranjeros no eran precisamente queridos, el pueblo hablaba de “libertarse de los libertadores”. Esto se logró con la revolución marcista, que echó a los soldados bolivarianos del poder y reinstauró la bandera azul y blanco. Sería García Moreno, un gobernante con aciertos, pero fanático y nada republicano, el que con su manaza de hierro impuso el tricolor de Miranda y Catalina, y así se ha quedado sin que nunca nos hayan preguntado si lo queremos o no. Si a mí me consultan yo votó por la albiceleste de octubre.

Más bien feito

            El problema con el escudo no es histórico sino estético. No sé porque me parece tan desgarbado. Habría que consultar a los más conspicuos diseñadores del país para ver qué podemos hacer con él. Porque, en general, su simbolismo heráldico está bien. El cóndor no es un animal muy ejemplar y ni muy gallardo, recordemos que es un buitre, pero es bello y si lo mantenemos allí, a lo mejor, evitamos que los deportistas cazadores lo extingan.

            Me gusta mucho que en el escudo aparezca un buque mercante con un caduceo, símbolos del comercio, la industria y la ciencia, en lugar armas y otros menjurjes bélicos. Esta ha sido un país de trabajadores y empresarios, no de políticos y guerreros. Sugiero eso sí que en lugar de ramas de olivo y laurel, plantas que ni siquiera prosperan aquí, se pongan una de banano y otra de rosas, para promocionar nuestras exportaciones, digo, y porque son mucho más representativas.

Sin compostura

            Si cabe arreglar el escudo, en cambio, creo que hay poco que hacer con el himno. De hecho ha sido el más cuestionado de los símbolos. Músicos y musicólogos han sugerido seriamente reformarlo o cambiarlo del todo. Es infamemente largo y su letra llena vocablos estrambóticos es entendida sólo por los académicos de la lengua. La mayoría de los ecuatorianos cantan “a todito el mundo” en lugar de “atónito el mundo”. Pocos saben qué significa “tu pecho rebosa”, “frente radiosa” y otras palabras y expresiones exageradamente culteranas. A quien me contradiga lo reto a hacer una encuesta. De poco ha servido que sólo se cante una estrofa y se desechen las demás por insultantes.

La historia del himno tampoco es muy cristiana. En la letra el gran Juan León Mera no estuvo muy inspirado, y no lo digo por la rebuscado de la composición, sino porque recurrió a un proyecto  original de José Joaquín de Olmedo en busca de inspiración. Parece que se inspiró demás, porque para algunos fue un flagrante plagio.

Nos enseñaban en la escuela que el músico corso Antonio Neumann compuso la letra en una sola noche, y así debe haber sido, porque el resultado es una marchita sin trascendencia, una canzoneta algo marcial, que no obstante es dificilísima de interpretar para los cantantes de alta escuela, según algunos de ellos lo han confesado. Un compositor ecuatoriano, por su parte, me dijo que había compases enteros tomados de Brahms y de algún otro autor, pero como no me hizo oír las obras según él remedadas y por saber yo poco de música lo pongo así como rumor.

Para mí Ecuador está simbolizado en las playas de Machalilla, en su cabello, en la música de Gerardo Guevara, en esos tres cóndores que vi el mes pasado, en las telas de Miguel de Santiago, en los poemas de Escudero y tantas otras maravillas, insistiendo en que son eso: símbolos, porque como dice Borges: “Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos… Nadie es la patria, pero todos los somos.”

Publicado originalmente en 2005 en Mundo Diners