La tentación del papel cuché

Vargas Llosa JRD(*)

Los escritores, todos, se piensan predestinados para la eternidad, la indestructible fama de Homero y Esquilo les hace creer que su nombre relumbrará dentro de tres mil años. Además la obra literaria es una creación esencialmente destinada a perdurar tanto o más que una pirámide o un fresco. Por eso se creen una casta superior. La confianza absoluta en su fama póstuma les hace considerar que el presente siempre es injusto con ellos. Tienen la certeza de que la identidad de muchos hombres de negocios será en pocos siglos conocida sólo por eruditos, mientras que la suya será por lo menos igual a la que hoy tiene Dante, aunque la vida, hoy por hoy, sea mucho más lisonjera con los magnates, mientras que los literatos sobreviven mal. Por eso estos siempre están execrando el tiempo que les ha tocado. Su época es ciega, tacaña, insensible… “pero ya llegará mi momento en el futuro” advierten.

No es en puras ilusiones que basan su esperanza. Pueden argumentar, con razón, que su trabajo es extenuante y altamente especializado. Se ha demostrado que en el mundo hay más personas con más de mil millones de dólares que escritores que pueden vivir sólo de su pluma. Muchos lectores saben quién es José Saramago, pero sólo los muy interesados en el tema conocerán cómo se llama el portugués más rico. Entonces prevalidos de su opción a la fama consideran que todo el dinero que pueda ganar un escritor es poco. El hecho de que J. K. Rowling, creadora de la serie Harry Potter, y E. L James, autora de las novelas de Grey, que han ganado más de mil millones les alientan algo, aunque siempre anotan que estas autoras de best sellers no eran las más merecedoras de semejante fortuna.

A la fama y el dinero a los que se consideran acreedores, añaden el éxito en el amor, en el sexo, en la conquista de una o, con mayor frecuencia, de múltiples parejas. Estas han de ser, en lo posible, hombres o mujeres bellos, ricos, famosos, encantadores y hasta inteligentes, sin que estorbe que puedan conversar sobre literatura. Y para esto sí cuentan con una ventaja relativa sobre otros gremios, puesto que el arte de la seducción es fundamentalmente el montaje de un relato, o como se dice echar cuento, esa es justamente la especialidad de los escritores. De allí que, con frecuencia, sean premiados con un éxito discreto. Pero igual, todas las conquistas amorosas les parecerán poco o pocas a los autores que el remoto futuro reconocerá como geniales.

Mario Vargas Llosa ¿más famoso?, difícil, aunque seguro ambicionará un prestigio inmortal al más alto nivel, como el de Borges. Su fortuna se estima en diez millones de dólares, nada mal para esta profesión, aunque no tenga avión como Frederick Forsyth. Y si bien estaba casado cincuenta años con su prima, se sabe que era cazador furtivo con formidables realizaciones. Su buen ver y una voz que sabe modular seductoramente deben haberlo ayudo mucho en este deporte. Todo esto insuficiente. Quería fama, no como la de su rival García Márquez, ¡pequeñeces no!, algo como la de Julio Iglesias, con presencia permanente en las revistas de papel cuché. Y nada de un romancillo secreto con una traductora guapetona, ¡no, un escándalo público con una diva del jet set! Entonces su aventura con Isabel Preysler le abre las puertas a un empireo vedado para sus colegas. Si creían que con el premio Nobel él había llegado a la cumbre, se equivocaban. Ha demostrado que el sueño de un literato no conoce límites. La envidia cunde en el gremio, ha puesto la vara demasiado alta. Él que ha sido el mayor crítico de lo que llamó la “civilización del espectáculo” se ha convertido en un ejemplo paradigmático de ella.

(*) Imagen: Mario Vargas Llosa, retrato al carbón graso por 
Juan Reece Dousdebés