“Juego ajedrez con la Muerte”

El caballero Antonius Block regresa a Suecia siete años después de marcharse a luchar en las cruzadas. Despierta en una playa, un cadáver sobre la arena muestra que el país está asolado por la peste. De pronto el cruzado ve un raro personaje totalmente vestido de negro con el rostro blanco. El extraño se identifica como la muerte y le comunica que ha llegado para llevárselo. Block le propone jugar una partida de ajedrez, de ganarla seguirá viviendo. Se acepta el reto. El caballero está representado por Max von Sidow, su descarnada humanidad y su talento actoral confieren un majestuoso patetismo a la historia. El guión se basa en la pieza teatral Pintura sobre tabla, escrita por Ingmar Bergman (1918-2007), director de esta película y otras obras maestras de la cinematografía. La partida continúa a intervalos mientras Block y su escudero Jons se desplazan por la región.

El existencialismo escandinavo es heredero forzoso del pensamiento de Soren Kierkegaard, el danés más teólogo que filósofo, con su énfasis en temas como la culpa, la muerte, el castigo y la angustia pero también la necesidad de Dios para dar sentido a la existencia. Por eso se ha denominado a Bergman como un “existencialista religioso” pues está por completo inmerso en esta visión. Al considerar esta adscripción no hay que olvidar que era hijo de un pastor luterano. Decía que fue influido por el mundo de las iglesias, con sus tablas pintadas que representaban escenas como la que constituye el leit motiv de esta película. “Mi intención fue pintar como un artista medieval”, expreso refiriéndose al carácter simbólico del filme. Por eso, al verlo hay que estar atento a los detalles, cuidadosamente escogidos en función de su simbolismo. Se han señalado algunos anacronismos en la historia, pero no tienen importancia, porque provienen de la yuxtaposición de elementos compilados para este desesperado sermón cinematográfico.

No es Bergman el único cineasta escandinavo que enfoca su arte de esta manera, el gran Carl Theodor Dreyer parte de un de pensamiento afín. En muchos momentos de la filmografía bergmanniana aparece clara esta influencia, pero en la obra que analizamos es particularmente enfática, hasta el punto que puede decirse que el tema mismo es la angustia ante el vacío de la existencia, que se evidencia en la cercanía de la muerte, ante lo cual Dios sólo responde con silencio. El séptimo sello se inicia con una cita del Apocalipsis en texto y culmina con la lectura del mismo versículo en la voz de una de las protagonistas: “Cuando se abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora”. Las cuestiones centrales planteadas no suelen ser materia para el cine: ¿Si la muerte es la única certeza, dónde está Dios? Esta intromisión sorprendió e indignó en 1957, año del estreno, seis décadas después sigue inquietando.

Jons, el escudero de Block, salva a una chica de ser violada por un ladrón que se dedica a robar a los muertos por la peste. Lo reconoce, es el clérigo que convenció al caballero emprender su expedición a Tierra Santa. El escudero no es un personaje desdeñable, representa un contrapunto racionalista y asertivo, frente a su trágico y angustiado amo. En el camino se cruzan con unos juglares. La luz es distinta, los cómicos representan la alegría desenfadada del mundo. Uno de ellos dice haber visto a la Virgen María enseñando a caminar al Niño Dios. Él mismo se llama Jof (José), su mujer Mia (María) y tienen un niño como él de la visión. Una pequeña tropilla se va congregando en torno de Antonius y Jons, acompañándolos en su peregrinar. También los siguen un herrero y su esposa infiel. Advertido Antonius Block sobre el peligro que representa una pobre joven supuestamente endemoniada, a punto de morir quemada, dice no temer la cercanía del diablo porque es el único que podría darle una respuesta sobre Dios. La muerte mata a uno de los actores, la pareja abandona al grupo al percatarse del juego de ajedrez del caballero con el espectral personaje. Llegan al fin al castillo de Block, donde los recibe su mujer, allí va la muerte a golpear la puerta.

Sin embargo de la búsqueda marcadamente religiosa, la religión oficial es pintada con tonos horribles. Monjes fanáticos, bandas de flagelantes, inocentes quemados, pintores de escalofriantes escenas. En ella no se van a encontrar las respuestas a las preguntas trascendentales de la condición humana. El Dios de las iglesias parece odiar la vida. La escena en que una tétrica procesión de flagelantes interrumpe una luminosa actuación de los juglares, expresa esta idea. Esta gente que pretende alejar a la peste ofreciendo a Dios crueles torturas, parece más bien esparcir la epidemia.

A pesar de que, a la cuenta, se trata de un filme fantástico, los efectos se reducen a juegos con la luz. El cine escandinavo ha sido particularmente hábil para manejar la película blanco y negro, con la que consigue efectos de inusitada belleza y enorme fuerza expresiva. En esta cinta Bergman contó con la colaboración de Gunnar Fischer, con quien trabajaría en la no menos lograda Fresas salvajes. Fischer, que también filmó para Dreyer, era un maestro de la fotografía monocromática, a la que en El séptimo sello le encontró posibilidades sorprendentes en toda clase de situaciones y luces.

La cuestión más importante en la historia de la humanidad ha sido y es la muerte. La certeza de la muerte es desesperante, pero también nos define como humanos. El animal que sabe que va a morir, podría ser una definición operatva de ser humano. La actitud de Occidente de soslayar este tema conduce a un callejón sin salida ético. A este moderno tabú Bergman tuvo la osadía de convertirla en la premisa central de su película, en un tiempo en el que ya predominaba esta tendencia superficial y cobarde. Lo hizo con una cinta magistral, con la que dejó claro que el cine sí puede abordar los problemas filosóficos esenciales.

 

TRAILER DE LA PELÍCULA

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