¿Quiere azúcar?

YUCARecuerdo curioso de la adolescencia. En la ciudad de Quebec vi un fulgurante tanquero plateado en el que estaba escrito “Sucre liquide”. La visión me sugirió la divertida idea de que el vehículo llevaba sucres líquidos, nuestra moneda de entonces. En realidad, espero no ofenderles aclarándoles, el camión llevaba azúcar líquido, seguramente extraída de los arces cuyo hojamen tiñe de rojo espectacular los otoños y adorna la bandera canadiense. Así es que sucre quiere decir azúcar, pero la historia de la moneda con ese nombre dista mucho de ser dulce. Paradójicamente, el Ecuador pobre, antes de la era petrolera, disfrutó de una relativa estabilidad monetaria, gracias a funcionarios responsables, como Guillermo Pérez Chiriboga, que se negaban a abrir el chorro de efectivo, a pesar de que demagogos autoritarios como Velasco Ibarra lo acosaban diciendo cosas como “¡qué inflación, ni qué inflación, senorrr, lo que tiene es que darme plata para obras, señorrr!”… Sí, estamos condenados a repetir la historia.

Mas, a partir de 1981, las continuas devaluaciones de la moneda se volvieron una pesadilla para las familias ecuatorianas, que cada cierto tiempo veían evaporarse el valor de sus sueldos y de sus ahorros. Según el punto de vista de algunos “economistas”, las devaluaciones favorecen las exportaciones, preguntamos si disminuir mil veces el sucre nos convirtió en un país exportador. Claro que no. Lo que sí ocurrió es que miles de personas, sobre todo ancianos que esperaban vivir de sus ahorros, terminaron en la inopia.

Que el Estado determine el valor de la moneda es una arbitrariedad intolerable. La unidad monetaria, el medio de cambio de una sociedad debe tener el valor natural que determina el mercado. Cuando los gobiernos, los políticos, el Estado, se irrogan la facultad de decidir cuánto vale determinada pieza de dinero, tiene sólo un propósito: robar a la colectividad. Antes, cuando las monedas tenían valor por el metal precioso incluido en su aleación, se devaluaban reacuñándolas con menor peso o se baja la “ley”, es decir la cantidad de plata o de oro que contenían. El robo era evidente y dificultoso, pero desde que se puede emitir pedazos de papel o fichas de níquel como moneda, sin ningún respaldo real, basta un firmazo del ejecutivo para decretar cuánto se van a coger. Si yo decido pagar sólo el 80 por ciento del valor de los cheques que he librado, voy preso; pero si lo hacen los políticos enquistados en el Estado, están “favoreciendo las exportaciones”. La dolarización, que nos ha librado durante una década de este delito, es una solución imperfecta, porque las resoluciones del emisor del dólar americano, la FED (Federal Reserve System) tampoco es que sean demasiado cristianas, aunque tiene mejores controles que la vieja maquinita de emitir sucres.

La anécdota que les narré del camión de azúcar líquido ocurrió hace cuarenta años, por eso ahora para mí el francés está tan lejano “como el álgebra y la luna”. Así que debo recurrir a la ayuda del diccionario, para que si alguien me lo pide, responderle: “Monsieur, ¿voules vous du sucre? Je vais vous donner du manioc”.

Imagen: Manihot esculenta. Ilustración de José Guío (1790).
Publicado originalmente en noviembre de 2011 en Diario 
El Universo