K

ARD
La primera K proviene del nombre de una joven modelo asesinada hace unas semanas en Quito. Fue un crimen siniestro pero, de lo que hemos podido ver, ha sido tratado con profesionalismo aceptable por la prensa, demostrando que no es una tribu sedienta de sangre y dinero, como se la ha pintado en los últimos años. Me ha impresionado particularmente la cobertura que del tema hizo la revista Vanguardia (¡coincidentemente! uno de los medios más acosados) que, sin evadir detalles, eludió el sensacionalismo y la truculencia.

Conocer este caso es como ver una radiografía de la sociedad quiteña, que con matices no debe ser demasiado diferente del resto del país. Los protagonistas de esta historia pavorosa son jóvenes. Espanta ver el entorno vacío, la banalidad y el inmediatismo que hemos legado a la juventud. Muchachos que por un deleite nocturno son capaces de exponerse a la muerte y a la ignominia. El consumismo insaciable, las atroces secuelas de migración, los complejos atávicos, la tradicional debilidad por el alcohol, las nuevas máscaras para la vieja cara del machismo componen un coctel que, como se ve, es mortal, nada menos. Por supuesto que esto es producto de un proceso de degradación cultural de muchas décadas, pero no puedo dejar de señalar que en los últimos años desde el Estado se ha fomentado una cosmovisión hedonista y facilera, aupada por toda clase de subsidios, el empleo burocrático como recurso supremo, la satanización del ahorro y la incineración de la mayor prosperidad de la historia en gasto suntuario. Esto no libra de responsabilidad al resto de la sociedad: las actividades políticas; las empresariales; las que, a falta de otro término, llamaremos “intelectuales”, e incluso las religiosas, se desarrollan como una sucesión de efectos sin rigor ni creatividad, destinados a producir sensaciones en lugar de entidades.

Otra K es la de Kierkegaard, filósofo cuyo bicentenario celebramos en esta columna la semana pasada. Se me criticó por tratar un tema tan abstracto en un medio masivo. Pero al analizar el caso K, pienso que no fue un desatino, pues creo que en gran parte la descomposición social se debe a la falta de un sustrato conceptual sobre el que asentar una ética que nos reconcilie con nuestra conciencia. Serán útiles unos cuantos técnicos, pero primero hay que pensar y eso no se está haciendo. Usando las categorías de K decíamos que vivimos en un estado estético (en el sentido de un dominio de la “aistesis”, de las sensaciones) en el que lo que interesa es huir del dolor y buscar el placer. Sin proyecto, volvemos a caer en lo que siempre hemos sido. K consideraba esta situación como propia de los individuos, pero no veo por qué no aplicarla a toda una sociedad. K consideraba que la superación se daría en un estado ético, huyendo del mal, buscando el bien, con un proyecto, pero asumido, este sí, desde lo individual, sin autoridades: “Ningún hombre ha sido jamás realmente una autoridad y, en cuanto autoridad, no ha hecho bien nunca a otro”.

Espanta ver el entorno vacío, la banalidad y el inmediatismo que hemos legado a la juventud. Muchachos que por un deleite nocturno son capaces de exponerse a la muerte y a la ignominia.