«A los payasos no se pega»

Calabacillas

Recuerdo de hace 1959 o 1960, eso sí en Quito y en temporada de Inocentes: un payaso callejero, especie hoy extinguida, recitaba una de sus “lecciones”, siempre zumbonas, a un grupo conformado por dos damas, un hombre y un niño morenito (ya lo identificaron, bien). El acompañante creyó que la chanza ofendía a las señoras. Como provenía de alguna provincia no sabía que uno de los riesgos de vivir en la capital y en esa época, conllevaba el exponerse a una “lección”, que solían ser socarronas y cáusticas pero no insolentes. El hombre reclamó por el atrevimiento y sin mediar explicaciones la emprendió a golpes contra el cómico. Fortachón y de 1,83 m de estatura maltrató duramente al disfrazado que no atinó a defenderse. La protesta del agredido es lo que mejor recuerdo del mal rato: “a los payasos no se pega” y casi la he adoptado como un principio.

El humorismo, el chiste, la broma, la gracia tienen siempre como propósito causar risa. Esa es su única y definitiva demostración, la peor descalificación para alguien que pretende ser humorista es “no me hace reír”. La risa es una expresión corporal, gestual y sonora, que surge siempre ante la presencia de un absurdo, de algo que escapa al sentido racional que se supone tiene el mundo. Es una manera que tiene el cerebro de decir “no es computable”. Es la admisión esencial de la condición humana, de que no todo es entendible, de que somos limitados. El payaso es un tipo de humorista que disfrazado procura decir o representar absurdos para mover a la risa. Los poderosos, especialmente quienes buscan el poder absoluto, como se creen ilimitados caen siempre en absurdos, en imposibles, en desmesuras, por eso son materia tan propicia para el humor, para la risa. De allí su odio congénito al payaso, al humorista de cualquier especie. Recordemos que payaso, viene del italiano pagliaccio, hombrecito de paja. Quienes se ensañan con él, los prepotentes que pegan a los payasos, se pegan con un hombre de paja, con la nada, con su propia nada, con el retrato de su propio ridículo.

Otro recuerdo infantil: en mi serrano pueblo natal los payasos con sus máscaras de rígidas sonrisas, eran parte de las farsas con las que se celebran fiestas siempre religiosas. Para muchas culturas, el payaso era un personaje sagrado, investido de poderes mágicos, sanadores o maléficos, pero a quien había que temer. Ciertamente, lo cómico comparte con la magia el no ser reductible a la razón, de allí su fuerza. El caricaturista no es un payaso strictu sensu, no se disfraza, aunque la caricatura es un disfraz, es un enmascaramiento de la realidad para denunciar su absurdo. Siempre que los déspotas han tratado de morder a los caricaturistas han terminado mordiéndose su propio rabo. Los más inteligentes suelen tolerarlos con impostada magnanimidad. Los otros, aunque ríen cuando leen las caricaturas, se ponen rabiosos cuando sus corifeos se las explican.

Imagen: El bufón Calabacillas (detalle) de Diego
de Velásquez (1599-1660)
Publicado en Diario El Universo el 15 de enero de 2014
 
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