El libro de los aviones

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Los libros fueron mi posesión favorita, mi objeto dilecto, no desde antes de aprender a leer, lo que no sería nada especial, sino cuando todavía no sabía hablar. Mi primer recuerdo de un libro es un ejemplar de la guía Jane’s All the World Aircrafts 1955-1956, al que bauticé como “el bibo plane“… no sabía hablar y mi padre intentaba que lo hiciera en inglés, dirigiéndose a mí siempre en esa lengua. Entonces, “bibo”, es libro en mi habla infantil, y “plane” era airplane, o sea “el libro de los aviones”. El volumen contiene una larga sección publicitaria que hoy nos asombra con sus bellas ilustraciones, a la moda de hace sesenta años ¡Nuestra edad! Pero la parte medular, la que nos interesaba hace seis décadas, era la enumeración de todas las aeronaves del mundo, con su correspondiente fotografía y diagrama. Particularidad del ejemplar que manejaba era tener incorporada una hoja de “papel aereo”… perdón, pero he de explicar qué era esto, era un papel muy delgado que se usaba para enviar las cartas por correo aéreo, como era muy liviano permitía ahorrar algunos centavos (de sucre) en el costo del envío por esa vía, que nos parecía cara. Pegada con cinta escoch que el tiempo amarilló intensamente y escrita a máquina, estaba adosada a la página correspondiente a la marca inglesa English Electric, en la que describe el famoso caza bombardero Camberra. Por esto supongo que ese libro estaba dirigido a algún oficial de la Fuerza Aérea o funcionario del ministerio de Defensa, puesto que unos años después la FAE adquirió varios de esos aviones que entonces asombraban. La compra de un moderno aeroplano de guerra era apremiante para Ecuador, puesto que Perú, entonces el “país enemigo”, ya contaba con los Camberra. Alguien me dijo que un alarde de poderío varios de esos aparatos peruanos sobrevolaron Quito en los años cincuenta, causando un entendible pavor que demostró la urgencia de contar con algo equivalente. Lógico es pensar que esa misteriosa hoja de papel aéreo contenía especificaciones ampliadas del famoso “avión a chorro” (nadie decía jet en esos tiempos) para alguien muy interesado en el tema. Relacionada con todo esto estaba la discusión, que sosteníamos con compañeros de colegio, sobre la manera de pronunciar la palabra Camberra. Ellos decían “camberra”, con acento grave y arrastrando fuertemente la doble erre. Mi padre nos había enseñado a pronunciar “cámbera”, esdrújulamente y con ere suave. Nuestra posición siempre fue minoritaria, en realidad sólo la sosteníamos mis hermanos y yo, que éramos tachados de “agringados” o simplemente de “aniñados”. Mucho después pude ver, con el conocido sabor dulce amargo del triunfo a destiempo, un video que nos daba la razón (https://www.youtube.com/watch?v=wm2RTbal-_c). Maltraté mucho a nuestro ejemplar de la Jane’s en años de diario manoseo. Mis cinco hermanos varones no fueron más cariñosos con él. Cuando salí de mi Cotocollao natal estaba reducido a unas pocas páginas rayadas, recortadas, rota su cubierta de tela (que parecía bluejean). Sé que en alguna parte guardo esos restos pero… Pero la magia de Internet me permitió adquirir en una tienda virtual dedicada no a libros, sino a efectos militares, uno perfectamente mantenido, a un precio muy razonable, que recibí alborozado hace pocos días. Tenerlo ha sido como volver al útero, dudo que para mí haya otro objeto con una memoria tan entrañable. Sé que mi padre viene desde los Campos Elíseos cada vez que lo abro a hojearlo conmigo. Sobre todo siento que es prueba y certificado de mi relación íntima y hasta morbosa, de mi identificación radical, con los libros. Es un libro de aviones, pero sobre todo un libro. Por gracia de los dioses puedo definirme, sin vanidad y sin complejo, como un hombre de libros.  IMG_0449  IMG_0451    Camberra