Hace cincuenta años el spaguetti wéstern llegó a lo sublime

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Para las nuevas generaciones es difícil entender la gravitación descomunal que tuvo para la nuestra el cine “del Oeste”, que de una manera estándar se dice en cualquier idioma el wéstern, palabra que incluso ha pasado los suspicaces filtros de la Real Academia de la Lengua Española, que la ha aceptado, por lo que se debe escribir sin cursivas y tildada en la primera e. Prácticamente todos los días se podía ver en televisión una serie de esta temática, igual, podría decirse que entre las muchas salas de cine siempre había alguna que pasaba una cinta “de cowboys“, como decían los aniñados, que los más puristas llamaban “de vaqueros”, y que el pueblo llano de la Sierra ecuatoriana llamó “de chullitas y bandidos”, utilizando el vocablo quichua shuklla (uno sólo, impar) para calificar al héroe que normalmente se enfrentaba solitario a los malos, que siempre son montón. Los niños gustaban disfrazarse de cowboy, todos tuvimos alguna vez un revolver de juguete con su respectiva “cartuchera”, también alguna estrella de sheriff y hasta sombrero tejano. Con esa base mitológica, una tabacalera nos vendió muy bien la idea de que Marlboro era el cigarrillo de los vaqueros y así aprendimos a fumar, con las consabidas consecuencias.

Se supone que el wéstern abarca películas ambientadas en el Oeste de Estados Unidos durante los años de la expansión y consolidación del dominio americano sobre esos vastísimos territorios. Se califica a este género como una épica, entendida ésta como la exaltación artística de la historia de una nación o de un Estado. Por eso la producción era esencialmente estadounidense, pero como la materia gustaba mucho en todas partes, siempre se hicieron filmes en otros países imitando a los originales “Made in USA“. Incluso en el Ecuador, una de las primera cintas nacionales fue El terror de la frontera, realizada en los años veinte del siglo pasado. Pero el país que más y mejores resultados obtuvo en este propósito fue Italia, donde se hicieron centenares de películas del llamado spaguetti wéstern.

Como ocurre siempre y en todo, se plasmaron muchas obras mediocres, alguna francamente mala y unas pocas notables, incluso con ribetes de obras maestras. Entre estas se ha reconocido a la llamada trilogía del dólar del realizador italiano Sergio Leone. El bueno, el malo y el feo, que es la tercera película de la serie, acaba de cumplir cincuenta años. Es duro saber que algo que marco ciertamente nuestra juventud ya tiene medio siglo… bueno. Se trata de una obra resuelta con mucha austeridad y contención en todos los sentidos. Los diálogos son cortos y pocos, no esenciales en la narración. La Guerra Civil norteamericana es el escenario histórico en la que se desenvuelve la historia de tres pillastres, que desprecian el conflicto bélico y sólo les importa rescatar un botín escondido. Esta es la actitud propia del spaguetti wéstern, no tiene esa visión épica y hasta cierto punto respetuosa para con la historia que observaban los clásicos americanos. Eso determinó que sus protagonistas fuesen personajes ambiguos, más matizados. Los buenos no eran tan buenos, ni tan limpios, pero los malos seguían siendo malísimos y más sucios. También la violencia es abundante, más explícita, más cruel y expresada una estética muy meditada. Este aspecto recorrería de vuelta el Atlántico, impactando en el wéstern americano posterior. Ahí está Sam Peckinpah, cuyo dotado discípulo Quentín Tarantino rendirá tributo expreso al spaguetti wéstern en Django sin cadenas, que adopta el título de una famosa serie de películas del Oeste Made in Italy.

En El bueno, el malo y el feo, el sabor americano se completa con un reparto estelar de tres estupendos actores de Estados Unidos: Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef. Todos estos factores confluyen en la escena final, la del duelo en el cementerio, una de las más famosas de la cinematografía mundial.Y hay otro componente en la trilogía de Leone que contribuye a enriquecerla. Hablo de la música de Ennio Morricone, que en este caso alcanzó una fama que hasta superó la del famoso film. El tema principal, con ese silbido que imita el aullido del coyote, se oyó y uso infinidad de veces, de por sí marcó una época. Cuando este año se le concedió el Oscar a la mejor banda sonora, me sorprendió saber que era el primero, pues estaba convencido de que ya había recibido ese premio. No había sido así, apenas un Oscar honorífico. Con este galardón la Academia se reivindica, premiando a uno de los compositores de música para cine más prolíficos, diversos y profundos, como lo demuestran otras creaciones suyas, recordemos no más a Sacco y Vanzetti, y La misión.

Y es justamente la banda sonora de esta película, esa melodía de erial, esa música de desierto, ese tono de yermo y chaparral, lo que más me transporta a esos años. Nunca me pareció más melancólica. (ARD)

 

TRAILER DE LA PELÍCULA

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