Camden, Me.

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Así tituló el anónimo de Cotocollao una pieza que comenzaba: “Del indócil Atlántico la espuma,/ muerde la oscura roca milenaria…”. Imagina el relato una pequeña librería, especializada en temas náuticos, en Camden, en el estado de Maine. Se eligió esa población por ser homónima de aquella en la que murió Walt Whitman y a la que Borges le dedica un poema. Había otras alusiones y guiños literarios en el texto, pero no se han de revelar, sino que cada lector ha de descubrirlos. El modesto negocio es administrado por un discreto forastero. A él lo visitan “con frecuencia decreciente” algunos compatriotas que le traen noticias de su país de volcanes. La esperanza de que cambien las cosas en esa lejana tierra es cada vez más remota. El hombre a veces escribe unas memorias sentado en una banca de un desolado malecón, a la luz del lánguido sol de Nueva Inglaterra. Es un exilado al que persiguieron en su patria por “un improlijo amor a la libertad”. Ha de entenderse con esta frase que no se cuidó mucho de decir cosas al criticar a un gobierno autoritario. Esta historia con intención premonitoria se escribió a fines del 2006. Era, claro está, una ficción, pero advertía cosas que se podían venir.

Ahora hemos pasado de la literatura a la realidad. La diáspora ha comenzado. Los ecuatorianos comienzan a exilarse. Ya hay en Florida la Pequeña Habana y Westonzuela, ¿cómo se llamará la zona preferida por nuestros compatriotas para radicarse? Emilio Palacio es el primero, como que Dios es Cristo le seguirán otros. Este periodista apasionado y claro, al que conozco desde 1984, y aprecio, y admiro, ha preferido sensatamente, muy sensatamente, no dar razón a los cobardes ni gusto a los prepotentes. Ni ellos se creen cuando dicen que debió “enfrentar valientemente a la justicia”. ¡Qué cómodo hablar de valentía parapetados en el fuero, la inmunidad y en los aparatos de seguridad! Perdón, perdón… ¿enfrentar qué? “A la justicia”. Ah, ya, sí cómo no. Que no me hagan reír… aunque en verdad, nunca me han hecho reír, para eso se necesita talento, como lo tienen el Miche, Bonil, el Pájaro. Todo les puedo perdonar menos que quieran hacer “chistes”. El humor requiere de una dosis de inteligencia y otra de humildad, que te permiten admitir que hay cosas que no entiendes, que el absurdo existe en el mundo, hay que ponerlo en evidencia y, entonces, reírse. Los dueños de la verdad jamás pueden tener una actitud así.

Si los que se van han cometido “delitos”, quiero ver cómo progresan, en los países en los que sí se respeta el estado de derecho, los pedidos de extradición. Tierra de por medio y que con su pan se lo coman. Espéranos a la cena, Emilio.

Publicado originalmente en Diario El Universo 
el 5 de septiembre de 2011
Imagen: Detalle del grabado Sketches of Camden, Maine, and its 
Vicinity de Harry Fenn (1837-1911)