Y parece que pasó una eternidad

Este filme, dirigido por Fred Zinnemann, está basado en una novela homónima, ganadora del National Book Award, que trajo fama y fortuna a su autor, el americano James Jones (1921-1977). Ahora se sabe que la novela fue censurada antes de su publicación (1951), por ejemplo, se quitaron las escenas de amor homosexual que el manuscrito original incluía. En el guión de la película la trama fue muy manipulada. En esta columna ya hemos hablado bastante de la relación libro-película y no vamos a volver sobre el tema, pero Jones se manifestó descontento con el resultado cinematográfico, a pesar de que se mantuvo cercano al elenco durante todo el proceso de filmación. Como a la novela, a la cinta no le fue mal en cuanto a recepción del público y honores. Ganó nada menos que ocho Óscares y fue seleccionada para el festival de Cannes.

Como experiencia emocional vale la pena ver De aquí a la eternidad. En su tiempo (1953) fue considerada una película “fuerte” y no ha perdido ese sabor en las seis décadas transcurridas. El reparto actoral es de lo mejor que se podía conseguir. Lo encabeza Burt Lancaster, en papel de fornido galán. En la famosa escena de amor en la playa, que es un ícono de la película, tanto que se ha usado como portada de muchas de las ediciones de la novela, se lo ve en terno de baño, un pantaloncito que por exigencias de la censura debía cubrirle el ombligo. Pero ese es un entendible cambio de modas, lo que llama la atención es la laxa musculatura del fornido galán, algo que no se acepta en el siglo XXI, en el que una papel así sólo podría desempeñarlo un musculoso efebo, con muchas horas de gimnasio (y quién sabe, con algo de esteroides). Lo acompaña en esas tomas de playa Deborah Kerr, una belleza delicada, angelical casi, que difícilmente despertaría pasiones en la actualidad, acostumbrados como estamos a beldades más explícitas. También la púdica falda-bañador de la actriz fue diseñada siguiendo normas de censura. Sin embargo de estos detalles, el erotismo contundente que resuma los besos y caricias adúlteros en las arenas de Hawái sigue impactándonos.

Hay otra pareja que realiza un papel semi-estelar, compuesta por Montgomery Clift. De ambigua belleza, entre gamberro y adolescente inocente, muy al estilo de la época, a lo Marlon Brando, a lo James Dean, mantiene, a pesar del corte de pelo militar, el bucle de cabello sobre la frente, el “copete” como decían los pitucos quiteños de esos tiempos. Él tiene un romance con el personaje que encarna Donna Reed. Ella fue una actriz de relativo éxito en la década de los cincuentas, pero mi generación la conoció en los sesenta, en la serie de televisión, que en Latinoamérica se pasaba con el título de Pero es mamá quien manda, que en realidad se llamaba The Donna Reed Show, en la que hacía de virtuosa ama de casa. Por eso me sorprendió, y me chocó, verla en el papel de prostituta en la película que comentamos, pero es una interpretación muy acendrada, que le valió un merecido Oscar. Completa el elenco Frank Sinatra, de quien se cuentan historias sobre su conducta, pues junto con Montgomery Clift y el autor James Jones, habrían tenido sesiones con generosas raciones alcohólicas durante la filmación. También tiene un papel en la película Ernest Borgnine, otro actor a quien sólo conocía en televisión, concretamente en la serie Lobo del aire, en la que interpretaba a un bonachón ingeniero de vuelo, que contrasta con el perverso villano que representa en De aquí a la eternidad.

Pues bien, Clift hace de un soldado que se llama Robert E. Lee Prewitt, un nombre que en estos tiempos de corrección política despertaría suspicacias, porque recordemos que Robert E. Lee fue el comandante del ejercito esclavista en la Guerra de Secesión americana. Prewitt es trasladado a Honolulu cuando Estados Unidos aún no ha entrado en la Segunda Guerra Mundial. Su jefe será el capitán Holmes (interpretado por Philip Ober) cuya obsesión es que su pelotón acapare todos los títulos de boxeo dentro del ejército. El soldado llega con fama de buen boxeador, pero está muy determinado a renunciar a ese deporte. El capitán está dispuesto a hacerle la vida imposible para que vuelva al ring, pero el sargento Milt Warden (Burt Lancaster) lo protege. Prewitt hace amistad con el insumiso soldado Maggio (Frank Sinatra).

El sargento Warden tiene un romance con Karen (Deborah Kerr) la esposa del capitán Holmes, mientras que el soldado Prewitt se enamora de Lorene (Donna Reed) que trabaja en un “club para caballeros”. A pesar del esfuerzo para hacer aparecer el lugar como un higiénico sitio de entretenimiento y a sus empleadas como simples damas de compañía, las ideas de “burdel” y “prostituta” aparecen claramente detrás de los eufemismos. En el club Maggio tiene una pelea con el sargento Judson (Ernest Borgnine). Éste nunca le perdonará al soldado, quien luego será encerrado en un pabellón de castigo, donde Judson lo tortura hasta matarlo. El clímax llega con el ataque japonés a Pearl Harbor. Es inevitable compararlo con la grandiosa escenificación de este hecho histórico en la película Pearl Harbor de Michael Bay, que lo apostó todo a los efectos. Frente a ella la versión de Fred Zinnemann se ve modesta, pero digna, creíble y diría que hasta elegante. Ante la catástrofe general, los conflictos de los personajes pierden importancia.

De aquí a la eternidad es una de esas películas que han envejecido bien. Seis décadas después de su estreno verla no demanda esfuerzo. Pero nos deja unas curiosas preguntas. Sobre todo nos demuestra lo relativo de la censura. Las alusiones a lo sexual fueron desvanecidas o cortadas, a pesar de que los hábiles realizadores, como dijimos, mantuvieron el sabor “para adultos” de la obra. Sin embargo, se muestran conductas que hoy son severamente reprobadas. Por ejemplo, todos los personajes fuman y casi en cualquier parte. El cigarrillo se muestra como un hábito elegante al que no se le ve nada de malo. Lo propio con la bebida, entre otras escenas, vemos al personaje principal, sargento Warden, emborracharse tristemente, sin que se intente representar un hecho censurable. La violencia entre hombres, el “irse a los trompones”, conducta que hoy se considera restringida a los sectores menos instruidos, es casi exaltada, como el boxeo, disciplina cuya condición de deporte hoy se discute. Las mujeres se presentan en dos arquetipos que hoy se rechazan: ama de casa mantenida y prostituta. En otro sentido, es una película de blancos, la presencia de otras etnias no se ve casi en lo absoluto.

El libro en el que se basa la película se considera muy crítico de la vida militar, algo que de no necesariamente trasunta la cinta. Se sabe que para afrontar la costosa realización los productores, encabezados por el autoritario patrón de la Columbia Pictures, Harry Cohn, requirieron el apoyo de las fuerzas armadas americanas, las que pusieron como condición cambiar ese enfoque. Parece que al final se llegó a cierta transacción, pero no se trata de un manifiesto antimilitarista en ningún caso. Sesenta años no han transcurrido en vano, los valores cambiaron, queremos creer todos que para bien. Parece que pasó una eternidad. (ARD)

 

TRAILER DE LA PELÍCULA

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