Amaestrados, domados e indomables

Hace unas semanas Andrés Carrión tuvo la bondad de invitarme a un debate en su programa televisivo En la polémica, para tratar sobre “Los intelectuales y el poder”. Pocos días después, charlamos con Lucía Pazmiño en su programa radial De nuevo a las nueve, sobre la problemática de los premios literarios. Las dos conversaciones nos llevaron al mismo tema: la relación de los escritores con el poder. Y digo escritores, porque calificarme de intelectual me parecería una pretensión insoportable. En cambio, que a muchos y muchas no les guste lo que escribo, no me quita la calificación de escritor desde la que hablo.

La cuestión es muy clara, a los poderes de este mundo, la literatura les interesa infinitamente menos que las encuestas de intención de voto o el prime rate. No se expongan a quedar de idiotas diciendo que creen lo contrario. El leve y eventual amor por los libros de los poderosos sólo tiene propósitos de marketing político o comercial. De manera que subordinarse a cualquier potencia es un acto de servidumbre que sirve a propósitos extraliterarios y antipoéticos. Sí, estoy tomando en cuenta los llamados “poderes fácticos”, pero sobre todo y esencialmente, al poder político porque es el que decide en última instancia por definición. Es el que monopoliza, por naturaleza, la ultima ratio, es decir la violencia. Así es que no me vendrán a decir que es preferible el dueño del obraje a la cocinera que nos vende caro el tostado. Peor en un país en el que 51% de todo está bajo gestión estatal.

La literatura no se debe construir ni a favor ni en contra del poder, sino aparte de éste. Pero sólo se puede construir en libertad, que es la condición vital para la expresión de la creación, porque el arte es creación expresada. El momento en que se renuncia a esta libertad, se ha transigido con el antiarte. Todo lo que debe pedir el escritor al poder es, al estilo de Diógenes de Sinope, que no le quite lo que no le puede dar. Lo ideal es un Estado impávido, que no se interese por las cuestiones literarias… porque el momento en que se interesa ¡sonamos! Con premios y prebendas convierte a los escritores en mascotas amaestradas de los poderosos. Cuando el gobierno le mete las manos a la cultura hay quienes hacen el triste papel de pianistas de burdel, se declaran neutrales y dicen que no saben nada. A estos, a la corta, los funcionarios terminan exhibiéndolos como fieras domadas, “ven, los escritores W y Z no son nuestros partidarios pero les invitamos”. Y al que no le gusta, lista negra, exclusión y silencio… por ahora.

Por eso, comentamos en el programa de Lucía Pazmiño, lo lúcido, digno y honesto del rechazo del Premio Nacional de Literatura por parte del escritor español Javier Marías, para no ser involucrado en juegos políticos. Él no acepta desde hace años ninguna invitación del Instituto Cervantes, del ministerio de Cultura, de las universidades públicas o de Televisión Española. Es una postura extrema pero coherente.

Imagen: Javier Marías, fotografía tomada del diario El País
Publicado originalmente el 19 de noviembre de 2012
en Diario El Universo