Flores en tu pelo

Ya he citado a Ian S. MacNiven, quien cuenta que, cuando Lawrence Durrell, el genial autor del Cuarteto de Alejandría, visitó Montreal se declaró sorprendido por la similitud de esa ciudad canadiense con San Francisco de California. Señala el biógrafo que, en efecto, puede darse esa resemblanza, excepto porque Durrell jamás estuvo en el puerto del Pacífico. Convierto la anécdota en parábola enigmática aplicada a mi relación con esas ciudades. ¡Parecerse a Durrell por lo menos en eso! Así me autorizo a llevar luto por la muerte de Scott McKenzie, a quien aquí y allí y entonces, escuchamos cantar If you’re going to San Francisco, que era todo un llamado. Pero más que a un lugar, nos llamaban a un estado de la mente que debía ser asumido por “una generación entera”.

¡Eres un “popero”! Sí, ¿y a vos qué?… pero admito que aunque Like An Old Time Movie se deja oír, McKenzie fue solo “one hit wonder”, astro de un solo éxito, de quien no estaríamos hablando sin la bella y simbólica San Francisco. Estuvo muy relacionado con el grupo The Mamas and The Papas, del cual llegó a formar parte en su segunda época, y debe tomarse en cuenta que la famosísima pieza fue compuesta por John Philips, poderoso músico y líder de esa banda.

¡A la hora que nos acordamos de que había que llevar flores en el pelo, como mandaba la canción! Si ya lo tenemos ralo, o no lo tenemos, o peor, nos lo cortamos… tú no, el tuyo está lindo como entonces. No es por ahí, pero no hemos sabido llevar esas flores durante toda la vida y hemos abdicado de las propuestas que entonces compartimos. “¿Y esa gorda?”, me preguntaron estupefactos en casa cuando llevé (prestado) el elepé de The Mamas… Y ahora nos asustamos cuando los jóvenes viven y pueden vivir lo que soñábamos, cuando se van a San Francisco con sus parejas, tocados con margaritas, como no lo hicimos porque primero había que casarse, creíamos que si te ponías plantas en la cabeza te hacías drogadicto y estábamos amarrados a nuestra ciudad con gruesas cadenas de miedos. No a todos les pasó así, pero eso es justamente lo terrible, porque lo que algunos pocos lograron es muestra de que sí se podía y nos acobardamos.

Pero, a ver, a ver, no te engañes. La libertad que predicaba la contracultura que se capitalizaba en San Francisco, no empieza ni se acaba con el derecho a elegir con quién duermes o qué te fumas. Había una importante vena política, un honesto intento de transformar el mundo. ¿Libertad sin periódicos? ¡¿Sin radiodifusoras en las que puedas oír lo que te da la gana?! Ya sabes donde voy. Cuando dos viejos como nosotros “en una calle insultan a un tirano” retoman en algo ese estado de la mente. Así hoy pongo flores en tu pelo para decirte que la “nueva explicación” de esa generación sigue moviéndonos… a pesar de todo.

Fotografía: De archivo desconocido
Publicado originalmente en 27 de agosto de 2012 en Diario 
El Universo