Condena a muerte condenada

Un ecuatoriano, Nelson Serrano, espera la confirmación de su condena a muerte. Tal y como ha sido presentada por la prensa, la supuesta culpabilidad acusado me parece traída de los pelos. En cuanto a los temas de procedimiento, en cambio, está claro que Serrano fue sacado del Ecuador de manera ilegal. Eso más en condiciones infamantes, que contradicen el derecho ecuatoriano y la misma constitución norteamericana, que establece que nadie será sometido a castigos inusuales y crueles, ¿o no lo es el haber sido encerrado en una jaula para perros? A esto hay que añadir factores que hacen que el caso sea poco transparente, como el parentesco de las víctimas con magistrados, maltratos en la penitenciaría y, sobre todo, el enrarecido clima anti inmigrante que predomina en Estados Unidos.

Hasta allí lo episódico. Vamos a lo absoluto. De las pocas certezas que tengo es la ilegitimidad de toda forma de pena capital. Condeno toda condena a muerte, por eso no trago la bellaquería de la “justicia revolucionaria” que excusa a Ernesto Guevara y otros bandoleros de sus crímenes. Parto del hecho de que los Estados y otros colectivos no existen, son ficciones jurídicas o literarias para facilitar la expresión de situaciones que se producen por la interacción social. Sólo existen individuos. Nadie ha visto a la señora República del Ecuador y a la señorita Estado de Florida sentadas tomándose un café, por la sencilla razón de que tales damas no existen. Al no existir no tienen derechos, somos las personas de carne y hueso las que delegamos (y eso de una manera figurada) nuestros derechos en tales ficciones. Una sociedad no puede tener un derecho que no tienen sus miembros, por ejemplo no puede hacerse una compañía cuya finalidad sea el robo, porque ninguno de sus asociados tiene “derecho” a ejercer esa actividad.

Los derechos humanos básicos son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, de allí dimanan los demás. La legítima defensa es el primero de estos derechos derivados. Se supone que la legítima defensa, es una resistencia física que se ejerce en el momento mismo de una agresión, con el objeto de repelerla. No puede diferirse. Esa resistencia debe ser proporcional a la calidad de la agresión, por eso, en determinados casos puede conllevar la muerte del agresor. Pero nadie puede ir cuatro años o dos semanas después de producida una agresión, ir a matar a un atacante a pretexto de legítima defensa. Los individuos no tenemos derecho a matar a nadie “en frío”, digámoslo así. Y como no tenemos esa potestad, no podemos traspasársela a una “persona jurídica” (que es una ficción, como hemos quedado de acuerdo). Se puede pedir sí, que se aísle y re-eduque al delincuente, porque constituye un peligro, y que se le obligue a reparar el daño ocasionado por su acción, lo que es un correlato de derechos individuales, que se ejercen mejor si se los ejecuta socialmente, porque para eso es que se crean las sociedades.

Incuestionable, ¿no?

Imagen: Decapitación de Juan el Bautista, pintura de Lucas 
Cranach el Viejo 
Publicado originalmente el 30 de agosto de 2010 en Diario 
El Universo