El Hamlet eslavo, majestad en negro

A lo mejor vieron Roma, de Alfonso Cuarón, y a lo mejor les gustó la fotografía del filme, premiada con un Oscar. Curioso que en estos tiempos de predominio abrumador del color, de vez en cuando, cause sensación una película filmada en el austero y clásico juego de luz y sombra que es la matriz y la esencia del cine. No voy a discutir la obra del director mexicano, pero sí considero que quizá lo mejor de la cinematografía en blanco y negro es anterior y, por cierto, la tecnología poco ha aportado en este sentido. No cierro la puerta a que, de pronto, un genio inspirado supere lo que ya se hizo o que algún descubrimiento excepcional nos procure algo que sea también artísticamente un progreso, pero eso por el momento no se ha dado y me quedo con algunas películas de las décadas de los años 50 y 60.

Les recomiendo ver Ordet un film que ya hemos comentado en esta columna, que es una auténtica sinfonía sobre blanco. Ahora vamos hablar de Gamlet, Hamlet en ruso, de Grigori Kózintsev, una impresionante catedral cinematográfica en negro. ¿Por qué dice que la una es en blanco y la otra en negro, si siempre hablamos de blanco y negro, en unidad de concepto? Porque con la suficiente maestría se puede hacer predominar uno de los tonos, sin que esto vaya en desmedro de la calidad de la fotografía y se pueden usar superficies de tono puro produciendo efectos que subrayan la narración.

No pretendo haber descubierto una secreta obra maestra, si van al famoso Tomatómetro verán que está calificada con el 100 por ciento de aprobación de la crítica. Pocas personas deben haber menos sospechosas de simpatizar con lo soviético que el titular de este blog. Incluso descalificaría algunas buenas películas soviéticas, porque justamente eran más soviéticas que buenas. Pero este no es el caso de esta tormenta de virtuosismo.

Grigori Mijáilovich Kózintsev (Kiev, 1905-San Petersburgo, 1973) judío de lengua ucraniana, desde muy joven se involucró en actividades artísticas, especialmente en el teatro. Hacía 1921 descubriría la cinematografía. Hizo varias películas mudas. Sus primeros trabajos fueron criticados por los funcionarios soviéticos, que los consideraron muy influidos por el impresionismo alemán. Se inició en el cine sonoro con una colaboración de lujo: Dmitri Shostakovich, quien compuso la música de muchas de sus películas. Estos dos genios compartirán una de las situaciones más terribles de la historia, la dictadura estalinista y sus posiciones fueron divergentes. No se puede decir que el músico fuera un disidente, pero tuvo desencuentros graves con el sistema, al punto de que en los últimos años del estalinismo su música estuvo proscrita. En cambio, el estigma de la colaboración pesa sobre Kózintsev y su gran amigo Leonid Trauberg, con quien hicieran doce películas, entre ellas una trilogía sobre un joven obrero, en la que intentaban retomar algo de su experimentalismo, pero es una pesada historia encuadrada en los lineamientos de la propaganda comunista y del culto a la personalidad de José Stalin. En la tercera parte de la serie aparece el dictador encarnado por Mikheil Gelovani, un actor georgiano que hizo ese papel en unos cuarenta filmes. Como era de esperar, esta realización les valió a los codirectores el Premio Stalin.

Tras la muerte del tirano, e iniciarse el llamado “deshielo”, Kózintsev pudo dar rienda suelta a su talento en obras más creativas. Así en 1957 intentó una obra en la que muchos fracasaron, Don Quijote. Su versión está considerada como la más lograda de la obra cervantina, al punto de que fue la primera película hecha en la Unión Soviética admitida en la España de Franco. El cineasta era un gran conocedor de la obra de Shakespeare y se cumplía el cuarto siglo del estreno de Hamlet. La Unión Soviética de Nikita Jrushchov quería hacerse un puesto respetable entre las naciones, exhibiendo poder, cultura y progreso. Así las cosas esta película es una suerte de Sputnik cinematográfico, pues como el satélite, su propósito principal era asombrar al mundo. Contaban con un excelente equipo, la música la hizo, por supuesto, Shostakovich, ya rehabilitado y el guión era de Boris Pasternak, fallido ganador del Premio Nobel de Literatura. La concurrencia de estos dos maestros, ambos perseguidos por Stalin, lleva a plantear la trama que enfatiza en la lucha por la libertad contra la tiranía del usurpador Claudio. El poder parece cosificado en el pesado castillo de Elsinore, sombrío y hostil. Esto no es teatro filmado, es una poderosa versión cinematográfica de la historia original.

No se escatimaron gastos en escenografía y se dispuso de los mejores actores y técnicos de la vasta Unión Soviética. El papel del príncipe Hamlet lo desempeña un impecable Innokenti Smoktunovsky, quien es capaz de transmitir toda la angustia y dolor del personaje. Es brillante en medio de un elenco en el que nada desentona. Ha sido, con razón, muy celebrada la escena de la aparición del fantasma del padre de Hamlet, en la que se alcanza un nivel onírico del mejor cine de terror. En esto ayuda la excelente fotografía que no tiene desperdicio desde la mismísima primera toma, planos largos, tomas sostenidas y un muy preciso y estético manejo de la luz, que nos permite apreciar esta que he llamado película sobre negro. Se ha dicho que Shakespeare ya intuyó el cine, su discípulo Grigori Mijáilovich Kózintsev da la razón a quienes piensan así.

TRAILER DE LA PELÍCULA

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