A radice

Algunas personas me reclamaron porque, según ellas, en mi artículo del 19 de julio me he opuesto a los matrimonios homosexuales. Lo que dije es que los plutócratas que gobiernan Argentina apoyaron la ley que los permite con el exclusivo propósito de poner a la jerarquía eclesiástica a la defensiva. Merece conocerse que tengo y tuve numerosos amigos homosexuales, a los que aprecio y admiro. Pero, en honor a la verdad, me opongo al matrimonio homosexual. Y lo hago porque me opongo a todo matrimonio…

¡¿Se volvió loco el columnista?! No, ya era así… quiero decir que pienso que no debe existir el matrimonio civil. A principios del siglo XX en Ecuador se quitó a la Iglesia Católica el monopolio en el control de las uniones conyugales, eso estaba bien. Pero el Estado se arrogó el poder de “celebrar” matrimonios. Los clérigos no pueden, en sentido estricto, “celebrar” ese sacramento, lo presiden o lo bendicen. No se les podía quitar un poder que no tenían. Los celebrantes son los contrayentes, los novios, que lo consuman en la unión carnal. Esa reforma no buscaba más libertad para la vida privada sino, también entonces, atropellar a la Iglesia. El Estado sí debe tomar providencias para proteger a la prole de una pareja, pero eso otra cosa. También puede, y si no quién, ordenar los efectos civiles y patrimoniales que produce de la convivencia doméstica y garantizar los derechos que de ellos dimanen.

Los Estados deben constituirse en garantes de la “unión civil” de las personas que viven juntas, sin preguntar nada más que si quienes quieren registrar tal situación tienen un vínculo similar. Esto va mucho más allá de la unión de parejas homosexuales. Conocí el caso de dos hermanas que vivieron juntas unos cuarenta años. D era divorciada y trabajaba, S era soltera y se dedicaba a las labores de la casa. D era propietaria de la casa en que habitaban y recibía una pensión de jubilación. Cuando D murió, llegó su hijo, con el que había tenido poco contacto, y pidió a S que desocupe la casa, al tiempo que cobraba para sí todas las indemnizaciones. La pobre solterona se quedó sin casa, sin un centavo y vivió a expensas de la parca caridad de los parientes. He visto otros casos asimilables. La ley ecuatoriana desde 1970 estableció la que se ha dado en llamar “unión libre” para las parejas. Muchísimos jóvenes optan por esta vía, que les parece más auténtica, en la que el compromiso está basado “en el amor” y no en papelitos.

Una legislación para solucionar todos los problemas relacionados con esta materia merece estudiarse cuidadosamente, para cubrir a todos lo que se debe proteger sin afectar derechos previos de otros. Debe considerar, por ejemplo, el caso de la poligamia permitida por algunas culturas amazónicas y existente de hecho en todo el país en formas socialmente toleradas. Es trabajo tanto para antropólogos como para juristas. La celebración de matrimonios, ceremonias solemnes de promesa de exclusividad sexual y convivencia, debe quedar reservada para las entidades religiosas y organizaciones civiles interesadas en “bendecir” tales eventos.

Publicado originalmente el 2 de agosto de 2010 
en Diario El Universo

Ilustración: Disparate matrimonial, aguafuerte, 
aguatinta, punta seca sobre papel avitelado, de
Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)