Comunión en Salinas

He vuelto, al cabo de catorce años, a uno de los más singulares lugares del Ecuador, a Salinas, de Bolívar. La región es bella, con impresionantes y raras formaciones rocosas rodeadas de pastos, de pinos y de páramos. Sin embargo, lo particular y único de esta parroquia lo constituye su geografía humana, que se articula en torno a un proyecto desgraciadamente no replicado en el país.

Hace cuarenta años, un caserío paramero conformado por chozas de paja comenzó una transformación que lo llevó a una digna prosperidad. Ha ocurrido en muchos poblados que el descubrimiento de un recurso natural o una inversión foránea han permitido el paso a una vida más holgada. No es este el caso de Salinas, donde el surgimiento provino del trabajo y de la organización. Inicialmente fueron los quesos con la marca Salinerito el producto que marcó el rumbo hacia una economía comunitariamente organizada, pero inserta realistamente en el mercado. Luego se irían incorporando hongos, textiles, madera, turismo… hasta llegar hoy a una oferta de alrededor de trescientos productos fabricados en el pueblo y que van desde balones a aceites esenciales, pasando por bombones y embutidos. Una parte significativa de ellos se exporta.

Fue por entero un proyecto privado (DRAE: “Que no es de propiedad pública o estatal…”), lo que no quiere decir capitalista. El verdadero comunitarismo es autogestionario y solo funciona en esa condición. Por eso me atemoriza saber que al cabo de cuarenta años representantes del Estado, encabezados por los más altos mandatarios, se han asomado por Salinas y la ponen como ejemplo dizque de lo que ellos quieren. Ya les veo imponiendo a la fuerza un esquema similar en unas quinientas comunidades, ya les veo fracasando. Esto tomó cuarenta años de esfuerzo, de ahorro y de cooperación. También hubo condiciones sociales que facilitaron la construcción del proyecto, como el hecho de ser una parroquia en la que la pobreza estaba equitativamente repartida entre mestizos e indígenas. No, a golpe de lengua y de “planificación” burocrática no se hacen los milagros.

El joven García Moreno abandonó sus veleidades liberales al darse cuenta de que sólo la religión católica era un motor suficientemente poderoso para sacar adelante este país. Su enfoque teocrático actualmente nos resulta inadmisible, pero al ver el caso de Salinas, donde la praxis católica ha constituido el catalizador que desata las energías que permitieron crear la noble realidad actual, no se puede dejar de pensar, como lo sabía Weber, que son necesarios resortes trascendentales y éticos para empujar a los pueblos hacia el desarrollo. En todos los caseríos que conforman la hermosa parroquia hay una capillita, en la que la fe en Dios se hace carne en la fe en el trabajo humano.

La iglesia de Salinas tiene detrás del altar un mural de cerámica que retrata una original Última Cena en medio de los campos salineros, en los cuales medran hongos y pinos, y pastan chanchitos y vacas. La música sacra ligeramente reggaetonizada la ponen alegres jóvenes. Oficia el fraile veneciano Antonio Polo, inspirador y guía de este ejemplar emporio. Inédita emoción al comulgar de sus manos en medio de este pueblo laborioso.

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Publicado originalmente el 1ro. de marzo de 2010
en Diario El Universo

Ilustración: Salinas es mucho más que quesos,
almacén comunitario. Foto del autor