Gracias, Messi

Los fenómenos deportivos son así, se elevan vertiginosamente, como astros, y llenan en un momento con su luz todo el firmamento. Asistimos al surgimiento de una supernova en el cielo del fútbol, muy temprano para decir que será el mejor de la historia, pero seguros ya de su excepcionalidad absoluta. La crónica en un diario argentino de un partido que difícilmente se olvidará se titula: ‘La Pulga cuatro, Arsenal uno’… A ver, cómo es esto, ¿la Pulga? Sí, así le dicen, mide uno sesenta y nueve. Mírelo, es un chico latinoamericano común y corriente, que pasaría desapercibido al caminar en las calles de cualquiera de nuestras ciudades. Normal para el subcontinente, pero bajo para Europa, Messi está demostrando que la estatura no es un prerrequisito ni siquiera para los grandes logros en el deporte. Por lo demás la talla no tiene ninguna relevancia en la ciencia, las artes, los negocios… La sobrestimación de esta calidad es un atavismo primitivo, su origen se remonta al prepaleolítico, tiempos en los que las meras dimensiones antropomórficas tenían valor, pero la aparición de las armas y las herramientas dieron al traste con esa “superioridad”, léase Reyes I, 17, David y Goliat.

Por supuesto, suponer a priori que ser bajo es de por sí una virtud sería caer exactamente en la misma tontería, sin embargo, hay que hacer dos precisiones. La primera: en la política ser alto es una ventaja relativa. Como buena parte de la humanidad aún no asimila cien mil años de cultura y sigue dejándose llevar por valores anteriores a la Edad de Piedra, es más fácil para los altos convertirse en líderes, lo que no les convierte en estadistas, por supuesto, y ni siquiera en buenos dirigentes. Segunda precisión: como por efecto de la misma pulsión atávica los más bajos son discriminados, su desventaja los lleva a realizar un sobresfuerzo que los hace enormes en su especialidad, por eso entre los notables hay un desproporcionado número de tallas S, ¿no es cierto, Lionel?

Federico Guillermo de Prusia fue un monarca mediocre, que pasó a la historia como “el rey sargento”. Tenía obsesión con los hombres altos, tanto que formó un cuerpo de granaderos gigantescos. Su hijo Federico II, que también era pequeño, apenas subió al trono, desbandó el disparatado regimiento, pero por sus logros se lo llamó “el grande”. Usted entendió la diferencia,… ah, sí, disculpe, no es el tema más profundo que hemos tratado, pero como últimamente se ha comenzado a descalificar a los periodistas con motivo de su tamaño, más vale preparar la celada. Desgraciadamente así están los tiempos, personas que no tienen de qué más presumir, presumiendo de su estatura física llaman a matar a los “microbios”, pitufos, etcétera. Triste. ¡Pero aparece la Pulga!, se mete entre los langarotes ingleses, uno, dos, tres, cuatro,… y nos da la verdadera dimensión de la grandeza. ¡Gracias, Messi!

Publicado originalmente el 19 de abril de 2010 
en Diario El Universo

Imagen: Gulliver en el país de los gigantes, grabado
inglés anónimo del siglo XIX