La dicha de no tener un harem

Un paso más allá del “ménage à trois”, el sueño encarnado. Para tener relaciones con una mujer distinta cada noche, resulta mejor la infidelidad sistemática, es menos compleja y más barata. No gracias, así no más estoy bien. La dicha de tener un harem (*) está en las combinaciones audaces, en el uso recreativo del número, en la magia de las cifras nones, en las paradas en ropa sugerente, en los baños colectivos, en los juegos… La imagen que se tiene de las dóciles esclavas del serrallo, que cumplen con los deseos del amo, no tiene ningún atractivo, no parecen muy diferentes de las muñecas inflables. Pero a lo mejor esa es una idea falsa, caso en el cual…

… caso en el cual nos enfrentamos, es lo que quisiéramos, a un harem de mujeres deliberantes y proactivas, que están en el gineceo porque nos aman, no porque las hemos comprado o les obligaron sus padres. Con astucia, un premio gordo de la lotería y años de training, a lo mejor sí se habría podido reunir, digamos, a seis de esas mujeres con las que también nos habríamos podido casar monogámicamente, porque ese es el chiste, ¿no? (Lo del loteriazo no es porque se necesite plata para seducir, sino para la logística). Entonces ¡a disfrutar del paraíso! Pero no sin implementar un buen gimnasio y consultar al dietista, la situación requiere de un estado físico óptimo. Se te fue la juventud reuniendo para tu sueño, ahora necesitas el coaching adecuado para rendir a plenitud… Oye, la doctora no estaba nada mal, le proponemos con arte ser la séptima ¡y acepta! No más de una copa de vino, las sesiones no deben irse hasta altas horas de la noche y madrugar para hacer ejercicio… dos semanas con la doctora en casa y ya no la aguantábamos. Salía con sus prescripciones en medio de los mejores jolgorios y el erotismo se nos iba al suelo. Cuando se metió a darle consejos a la dueña de casa, y esta la mandó a pastar, no la defendí intencionadamente, se enojo y se fue. ” Yo tenía diez perritos./Uno se perdió en la nieve./no me quedan más que nueve…” tranquilos, no es esa la canción.

Bueno, pero la dueña de casa (porque compramos la casa con préstamo solidario del IESS) sostenía que bastante hizo con aceptar el experimento antropo-psicológico, como yo lo llamaba, y se encerraba en el dormitorio master, sin participar en las reuniones con las otras. Y además exigía sus derechos por lo menos dos noches por semana, en las que yo debía permanecer en su recámara, como zángano regio. No podía negarme sin peligro de echar todo al traste. Cristina era la única rubia de grupo, latinoamericana al fin, creía que esta condición la ponía por sobre las demás y terminó desintegrada… o sea no integrada con las otras. A los pocos días, las cuatro restantes se habían dividido en dos grupo irreconciliables. Dora y Ana habían estado en el mismo colegio, formaron un equipo. Malena y Susan eran de la Costa y, mal que bien, se entendieron. ¿Juntar a las cuatro? Ni con goma. Así llegamos, en una sola ocasión, al más ortodoxo threesome con el primer grupo. Escaso premio para tanto esfuerzo y paciencia. Cualquier sugerencia era desechada con el pretexto de que soy exageradamente “horny” o, de frente, pervertido. Una a una, o nada, y en todo caso poco. No, los harems ya no son lo que eran, si es que alguna vez fueron algo. No hay sentido en tener uno.

(*) “Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas”, nos dice Borges, así nos quieren meter “harén”, ¡qué ordinario! Los ecuatorianos podemos decir harem sin que se nos trabe la lengua.

Imagen: La favorite de l'émir. Óleo sobre lienzo de Jean-
Joseph Benjamin Constant (1845-1902)

Artículo publicado originalmente en la Revista SoHo en
noviembre de 2013