La comida de los chanchos

Swines

Un niño más tonto que malo se reía a morir diciendo: “¡Otra vez le hice la tonta a la abuelita, me comí la comida de los chanchos!”. De este cuento me acordé al ver la política adoptada por algunos gobiernos latinoamericanos que, en afán de molestar a las democracias occidentales, establecen cariñosos vínculos con los más descalificados dictadores, como lo vimos en la reciente cumbre África-Sudamérica que se realizó en la isla Margarita, bajo el patrocinio del inefable Hugo Chávez.

Estuvieron allí linduras como Blaise Campoaré, dictador de Burkina Faso desde 1987, nepotista, corrupto y criminal, que exporta inestabilidad a todo el continente africano. Y el angelito Yahya Jammeh, presidente de Gambia desde un golpe de Estado en 1995, que ha refrendado su poder estatizando la radio y la televisión, más fraudes y algunos asesinatos. Jammeh está sindicado en la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad. También estuvo Mohamed Uld Abdelaziz, quien llegó al poder en Mauritania tras un cuartelazo contra un gobierno legítimo. Y se vio allí a Francois Bozize, de la República Centroafricana, otro “electo” con golpe militar, cuyo historial en derechos humanos es bastante pobre. ¿Por qué a estos no se los trata como a Micheletti?

Asistieron, asimismo, unos chicos que han seguido por tradición familiar la profesión de dictadores. Teodoro Obiang, de Guinea Ecuatorial, se hizo del poder hace treinta años, tras asesinar a su tío Macías. Recientemente su hijo Teodorín se gastó diez millones de dólares en Ferraris, Maseratis y Rolls Royces, mientras el 80% de los guineanos vive en la miseria absoluta. El presidente Faure Eyadima, de Togo, dio un golpe de Estado al fallecer su padre y convalidó su “elección” matando a 800 manifestantes.

El coronel Muammar Al Gadafi, con más de cuarenta años como dictador de Libia, en Venezuela se instaló en una carpa beduina, vestido con extravagancia, para hablar disparates. Tan pintoresco como peligroso, ha sido un conspicuo auspiciante del terrorismo. Sin embargo, gracias a una política inaugurada por George W. Bush, es ahora admitido en muchas casas decentes. Robert Mugabe, de Zimbabwe, está casi treinta años en el poder, acusado probadamente de genocidio, es artífice de la mayor inflación del mundo, pero fue condecorado con la medalla del Libertador y la espada de Bolívar por ese ávido consumidor de pienso porcino que es el teniente coronel Chávez.

Hubo un ausente: el dictador de Sudán Omar Hasan Ahmad Al-Bashir, dos décadas en el trono, reclamado por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad. Pero lejos de mejorar la cosa con tan higiénica falta, Chávez la embarró diciendo que si venía sería bienvenido y que, por supuesto, no lo entregaría a la justicia. Bueno, el codearse con semejante hez se entiende en el caso del autócrata venezolano y de la patética Miss Populismo Argentino, pero ¿qué hacían en esa reunión mandatarios serios y democráticos como Lula, Michelle Bachelet y Tabaré? Evidentemente, el cuento de la cooperación sur-sur es un condimento que permite tranquilamente zamparse la comida de los chanchos.


Imagen: Ejemplares porcinos de alta cruza, fotos

tomadas del libro The Pig Breeding, Rearing, and
Marketing de Sanders Spencer, Londres, 1919

Publicado en Diario El Universo el 5 de octubre de 2009