Réquiem por Maria Schneider

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La muerte es algo que le ocurre al cuerpo. Por muy ateos que seamos (que no somos) sentimos o creemos que la enfermedad o la adversidad ha tocado la parte física de la persona, dejando indemne eso que algunos llaman alma, otros decimos espíritu y los hay que preferirán reducir a la pura memoria, pero que en todo caso es un intangible. Por esa misma razón, la muerte de alguien con cuyo cuerpo se ha tenido una relación es dramática y físicamente dolorosa, porque lo que desaparece es esa materialidad que se ha amado y disfrutado. En esa categoría entran las esposas y las amantes, con quienes es agradable tener conversaciones ingeniosas y compartir diversiones, pero que lo son tales en virtud de la relación corporal, ni más, ni menos.

Las estrellas de la pantalla son seres esencialmente lejanos, con las que para los andinos del siglo XX se daba por descontado que jamás tendríamos contacto. Sin embargo, también eran cercanas, las conocíamos, eran nuestras, con frecuencia más que algunas amigas, compañeras y parientes. Las amábamos, las deseábamos. Y de idéntica manera que con quienes nos relacionábamos en la “vida real”, había algunas que tenían categoría de enamoradas platónicas, a las que había que admirar sin tocar, pienso en Romy Schneider, especialmente de su primera época. Hay otras, que son señoras respetables, a las que se las considera como a las amigas de mamá, sin malos pensamientos, digamos Bette Davies o Merryl Streep. Mas, a pesar de la virtualidad de la experiencia cinematográfica, existía la categoría de las amantes, aquellas cuyo cuerpo era la suprema presencia… coincidían parcialmente con aquellas que el argot de la prensa rosa llama “sex symbols”.

En este último grupo, para toda una generación, para la mía que ya declina, María Schneider tuvo un lugar especial. Tenía un encanto lleno de equívocos, esa capacidad de protagonizar tórridas escenas sexuales y al mismo tiempo ser actriz de cine “culto”, aquel que uno no se avergüenza de ir a ver. Su apariencia de chiquilla, que se combinaba con su aire perverso. Dichoso año de 1973… y ese pelo, ¡ese pelo! Pero para llegar a ese prohibido lugar de nuestro imaginario bastó un solo film, El último tango en París, y menos aún, una sola escena, concretamente la que elípticamente se dice “de la mantequilla” … Esa también fue su condena.

Y así no hablábamos de la buena actriz que era, su actuación en la citada película de Bertolucci ya era de buen nivel, pero en El pasajero de Antonioni demostró que podía ser grande. Junto a compañeros de la talla de Marlon Brando y Jack Nicholson no desmerecía para nada… pero el mundo volvía una y otra vez a la escena de marras, que eclipsó el resto de su carrera y amargó su vida. A principios de este siglo, de visita en Estados Unidos, un reportero le preguntó algo sobre el famoso episodio y ella le preguntó “¿Por qué ustedes, los americanos, tienen tan buena memoria?” … No sólo los americanos. Espero que nos sintamos mal al pensarlo, porque nos sentimos mal al saber que muere joven, al pensar que ese esplendor que deseamos es ahora cenizas, en el más piadoso de los casos.

Imagen: Maria Schneider con Jack Nicholson en El pasajero
de Michelangelo Antonioni (1975)

Publicado en Diario Revista Rocinante de marzo de 2011