Epidemia de D. E.

Sin título-1

Publicado originalmente en 2007 en SoHo

La disfunción eréctil se extiende más que la “gripe del pollo”,… enfermedad con  la que no está relacionada


 De acuerdo con el Departamento de Salud de Estados Unidos disfunción eréctil es una “incapacidad repetida de lograr o mantener una erección”. Entonces si la D.E., como se la empieza a llamar, es un proceso “repetido”, mal puede decirse “tuve una disfunción eréctil” o tuve “mi primera disfunción eréctil”. Pero, aunque esas sean formas de decir muy poco precisas, la gente comienza a hablar de esa manera.


Como quiera que fuese, el término usado en forma precisa o imprecisa, es nuevo en el habla corriente. Hace unos quince años no debe haber sido oído por más del uno por mil de la población, si es que para entonces existía. Pero más allá del término y de la sigla D.E., el tema mismo no se tocaba en público. Como cosa lejana se hablaba entonces de “impotencia”, lo que ahora se considera tal es el conjunto de factores que impiden tener una relación sexual, uno de los cuales es la temida disfunción eréctil. En todo caso era algo que no se mencionaba en los ambientes decentes y mucho menos en otros más chabacanos. Con la aparición de medicamentos destinados a combatir este mal, del que hacen publicidad desvergonzada por todos los medios, la expresión se ha popularizado explosivamente.


Decir que alguien tiene disfunción eréctil, porque en una ocasión más o menos aislada no consiguió tener una erección, es entonces incorrecto, perdonen la insistencia. Pero como la gente empieza hablar así, en una reunión de amigos que rondamos los cincuenta, alguien pregunto “¿cuál de ustedes ha tenido una disfunción eréctil?” Hace cinco años habría dicho más lisa y llanamente “a cuál de ustedes no se la ha parado alguna vez?” Pero como ahora D.E . es un término corriente, nadie le dijo “pedante” o “sabiondo”.


No había necesidad de aclarar que lo que quería saber el preguntón era si la D.E. les agarró en el momento culminante y esperado de la relación con una dama. Si la micro encuesta se hubiese realizado diez años antes, en parte porque entonces habríamos estado en los gloriosos cuarenta y, en parte, porque el tema era mucho más vergonzante, estoy seguro que la respuesta habría sido una general y rotunda negativa. Así, hubo un interesante intercambio de experiencias, porque parece que por un mal momento así de terrible han pasado todos.


 No recuerdo cuantos dijeron que algo así les ha ocurrido por una causa frecuente: el exceso de tragos. Venus y Baco, contra lo que piensa la gente, no se llevan demasiado bien. Cuando estos compañeros relataron sus casos de impotencia alcohólica, les dijeron que no hablábamos de eso, que ya se sabe que de borracho nada te funciona bien, que es como si dijésemos que tenemos mal de Alzheimer porque un mega chuchaki nos produce una laguna mental.


 A pesar de que, como hemos dicho, la materia se debate en muchos foros, merece resaltarse que muchos de los participantes en esta tertulia insistían en que su experiencia fue “la primera y única vez”. Eso me lleva a concluir que si bien la vergüenza se ha atenuado, no ha desaparecido por completo.


Bueno, dos de los participantes contaron que sus D.E. ocurrieron en sendos casos en que sospecharon que la dama podía ser portadora de alguna enfermedad venérea. Y es que la D.E. no es lo peor que te puede ocurrir en estas lides, como todos sabemos, hay siglas realmente espantosas que no queremos traer a colación. “Claro, el miedo es lo peor para esto…” fue el comentario que se hizo otro, quien dijo que su “única vez” se produjo debido a que era inminente la llegada del marido karateca de su pareja. Pero los dos disfuncionales por razones sanitarias protestaron y argumentaron curiosamente: el uno dijo que “el pene es sabio” y percibe cuando hay peligro. El otro en cambio, practicante de disciplinas orientales, dijo que ha programado su cuerpo para que detecte automáticamente cuando hay riesgo y no responda en tales situaciones. Como el afán era compartir experiencias en un ambiente de camaradería, nadie les discutió, a pesar de que algunos encontramos inverosímil tanta “sabiduría”. La prueba de este escepticismo está en que nadie les pidió la receta para lograr tan útiles destrezas.


 Fue inesperado casi que tres en un grupo que apenas excedía la docena, es decir un porcentaje bastante alto, contaron historias muy similares: la del encuentro con antiguas enamoradas. Muchachas a las que se había amado y a las que no se podía tocar, que ahora eran mujeres maduras que sabían lo que querían. Todo lo anterior había sido muy casto, muy puro, porque así mandaban los tiempos, a pesar de que sí se las deseaban. El momento esperado por veinte y hasta por treinta años llegó. ¡Con un lamentable desempeño! ¡D.E!, ¡D.E., queridos hermanos!


 Recordamos entonces, para explicarnos estas sorprendentes situaciones, una película Prima notte del Dottor Danieli, industriale col complesso del giocattolo. La protagonizaba Lando Buzzanca, el mítico galán de la picaresca italiana. El argumento trataba de un exitoso industrial siciliano (que por otra parte era la única posibilidad) que se casa con una bella virgen. El dottor Daniele durante su soltería había sido un incansable amante, pero en su noche de bodas ¡D.E.! Bueno, en ese tiempo no se decía así, todavía, hablamos de los primeros años setenta. Busca mil maneras de explicar su disfunción y la atribuye al “complejo del juguete”, que consistiría en que al encontrarse con la intocada mujer de los sueños, uno se comporta como un niño con un juguete nuevo y costoso, con el que no quiere jugar para no estropearlo. El filme sigue con la narración de las múltiples recetas que usa el dottor para su padecimiento, mientras todo el pueblo en el que pasa la luna de miel se entera del problema, por vía de los empleados del hotel. El asunto se comenta en los cafés y plazas. Hasta que un día lo logra. Una camarera del hotel agita desde la ventana la sábana manchada de sangre, provocando aplausos, pitos de los buques en el puerto y los consabidos “¡Viva Sicilia!”


 Los amigos aceptaron que el complejo del juguete pudo ser su problema. El primero de ellos dijo que recién lo logró a la tercera ocasión, el otro pensaba que fue a la quinta y el restante no sabía en qué número de intento lo consiguió, pero estaba seguro de que la situación se prolongó por dos desesperantes meses.


– Ustedes, los que me conocieron desde el colegio, deben acordarse de ella…


– Claro, la altísima…


– ¡Hembrón!


– Bueno como verán la estética no tiene nada que ver con la D.E., – decía dándose aires de experto,– algunas veces he tenido que conformarme con cualquier cosa… y ningún problema. También es mentira eso que dicen que el amor es el mejor afrodisíaco, yo estaba, estoy, enamorado de ella y ya ven.


  Analizando las confesiones vimos que sólo uno dijo haber tenido este tipo de tropezones en su hogar, con su mujer legítima. Es más, también fue el único que afirmó que la D.E. se le presentó alrededor de los treinta años. Explicaba la situación por el terrible estrés provocado por la quiebra de su empresa y sus consiguientes deudas.


La salud general es, obviamente, un factor que hay que tomar en cuenta en casos de D.E. Quienes tienen presión arterial alta son propensos a estos fallos y los medicamentos prescritos para ese mal suelen agravarlos. Y aquí viene la anécdota de uno de nuestros contertulios.


 – En un chequeo detectaron que tenía hipertensión y colesterol alto. Como jamás había ido a un cardiólogo, fui al que conocía: el mismo que trata a la tía Hypatia, que vive con nosotros y tiene 86 años. Me mandó medicación para los dos problemas y añadió que, por si acaso tenía D.E., me recetaba Sildenafil, que es el genérico del Viagra y otros paradores. Dejé descuidadamente la receta en una mesa. La tía, que sufre de males cardíacos parecidos, la encontró, como vio que era de su médico y con más o menos los mismos remedios que ella toma, mandó a comprar y se pegó todo. ¡Sildenafil incluido! ¡No sabíamos por qué doña Hypatia andaba tan hiperactiva esos días, hasta que descubrimos la confusión!


–  Mentiroso…


– Les juro.


            No todos los que estábamos habíamos sido compañeros de universidad o colegio. Incluso estaba uno al que no identifiqué y que con mucho conocimiento comenzó hablar sobre la D.E. Dijo, si recuerdo bien, que sabía que un 50 por ciento de los hombres han tenido un incidente de esta naturaleza antes de los 45 años. Con la edad, advirtió, los problemas comienzan a volverse frecuentes hasta que algún día la posibilidad de la erección cesa totalmente: “pero no pierdan las esperanzas, no a todos los hombres les pasa. Y si les llega ahora hay excelentes implantes de todo precio para solucionar definitivamente el problema”. Según datos que tenía el amigo, la incidencia de la D.E. se ha triplicado en la última década, por lo que concluía que estamos ante una epidemia más grave que la “gripe del pollo”.


– Verán, wambras, decir que el principal órgano sexual es el cerebro es un lugar común, pero es muy cierto. En esto de la D.E. el componente psicológico es determinante. De lo que cuentan ustedes, ninguno tienen nada serio y lo peor que pueden hacer es comenzar a preocuparse. La epidemia actual tiene dos componentes: uno, que antes, como el problema se ocultaba, concurrían al médico sólo una parte de los hombres con disfunción. Y dos, que justamente porque todo el mundo habla del tema, muchos se sugestionan y eso basta para que piensen que ya les agarró.


Entonces metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y nos mostró un encantador poliedro azul.


– Llévenlas siempre con ustedes, – dijo agitando las píldoras, – no hace falta que se las tomen. Así, por ósmosis, ayudan a levantar el ego más que otra cosa… porque en la D.E. el órgano más se afecta es el ego, eso sí.


            Me acerqué al simpático experto y le pregunté si era médico.


– Claro, – respondió sonriendo. Su expresión socarrona me sugirió algo…


– Yo te conozco, ¿no?


– Yo te conozco más, te conozco “a fondo”, – afirmó entre risas, – soy tu urólogo.


¡Lo que me faltaba! Alzheimer, problemas prostáticos, disfunción eréctil… no los  tengo todavía pero que vendrán, vendrán.