Vindicación de Manuel Goreiro

mafalda

Mafalda como método de autoanálisis

Diariamente leo Mafalda, a pesar de que esta tira cómica ya no me produce la impresión categórica que me causaba cuando tenía diecinueve años. La encuentro un poquito artificiosa, pero no se pueden negar su gracia y sus aciertos, es decir, el enorme talento de Quino, su creador. Los personajes de esta serie se convirtieron en arquetipos, en los cuales los setenteros y ochenteros nos vimos reflejados de una u otra manera. Entre esos juegos tan comunes en FaceBook hay uno que se llama justamente ¿Qué personaje de Mafalda eres? No es una mala fórmula para decirnos algo sobre una persona. Casi todas las mujeres que he consultado afirman identificarse con la asertiva y sabionda Mafalda, alguna con la insufriblemente contestataria Libertad, ninguna con la chismosa y maternal Susanita. Los hombres tienden a decir que son Miguelitos, autosuficientes, avasalladores, pero hay los que sinceramente se dicen Felipes, inseguros, sensibles. Cuando hurgo un poco en estas conversaciones, descubro que en verdad todas y todos (aquí sí es necesario plantearlo así, disculpen) somos en el fondo como Felipe, temerosos, inconstantes y querendones.

Manolito, el hijo del tendero gallego Manuel Goreiro, es muy trabajador y creativo, sin embargo, nadie quiere ser como él. Esto se debe a los prejuicios del propio caricaturista, quien lo  retrata como tonto y hasta como incapaz de tener ninguna idea. Esto contradice los ribetes inteligentes que demuestra en muchas de sus apariciones. Estas incoherencias provienen de la ideología del autor que, más que un izquierdismo, es un buenismo muy argentino, para el cual los ricos, sobre todo si son empresarios, son malos y hasta un poco torpes. Esta tendencia se puede ver mejor en otras caricaturas de Quino, pero insufla también centenares de tangos y otras canciones argentinas, y todo el cine de esa nacionalidad que yo haya visto (en verdad no demasiado, pero pongo por ejemplo Caballos salvajes, de Piñeyro; Nueve reinas, de Bielinsky, y hasta en la prehistórica Nacha Regules, de Amadori). Hay importantes antecedentes literarios de esa visión del mundo en escritores como Evaristo Carriego y su “lacrimosa estética socialista” como le dijo Borges. El abuelo de todos ellos sería José Hernández, cuyo Martín Fierro nos propone un prototipo del hombre bueno devenido en bandolero por la maldad del sistema.

Entonces, claro, para pintar un futuro empresario, como no sería de buen gusto pintar un niño malo, lo hacemos por lo menos tonto, aun cuando el personaje nos quede cojo. Y es lamentable, porque yo que soy un pobre Felipe apocado y voluble, me habría gustado llegar a ser un Manolito exitoso, tenaz, activo y emprendedor. “Otra es mi suerte… el abuso de la literatura y en el confín la no gustada muerte”. Si alguien no me acompaña en mi elección, la verdad, no me importa mucho, ya sé que en estos tiempos es vergonzoso “vender pollos” o dedicarse a cualquier actividad productiva. Pero advierto que los peores son aquellos Felipitos, corroídos por sus complejos e inseguridades, devenidos en autoritarios Miguelitos que intentan, con prepotencia, imponer su imagen a insulto pelado.

Publicado originalmente en octubre de  2009 en Diario El Universo