La austeridad radical de un suiseki cinematográfico

Sunanoonna

El bonsai y el ikebana nos dan visiones esenciales, en las que lo recargado está sistemáticamente excluido. El suiseki, expresión relacionada con las dos citadas, lleva la simplificación a extremos. Es el arte de la contemplación de piedras. Rocas de forma singular y pequeño tamaño se exhiben sobre breves plataformas de madera alisada. El efecto es sobrecogedor, paisajes, montañas, acantilados, mesetas reducidas a pocos centímetros. Prácticamente con un único elemento, no manipulado, sino meramente contemplado, se consigue toneladas de expresión. Esta sobriedad en el significante buscando maximizar el significado, es característica del arte japonés, pensemos no más en la caligrafía y en el sumi-e o pintura zen.

En esta película Teshigahara Hiroshi nos hace una propuesta que parecería corresponderse con esas disciplinas en las que la frugalidad es la condición fundamental. Está basada en una novela de Abe Kobo, quien contribuyó a escribir el guión. Filmada en blanco y negro, transcurre en su totalidad en un hoyo abierto en un arenal y sus alrededores. La protagonizan dos personajes, una mujer y un hombre, que son interpretados por los actores Kishida Kyōko y Okada Eiji. Otras figuras hacen puntuales apariciones sólo para poner marco al drama que descansa por entero en la pareja.

La historia es elemental. Un maestro aficionado a la entomología ha viajado a una región de dunas para recolectar insectos. Como pierde el bus en el que debía regresar a la ciudad, acepta la propuesta de un campesino de la región para pernoctar allí. Es alojado en la casa de viuda, situada en un gran foramen excavado en el interminable mar de arena. Debe ser introducido mediante una escalera al gran hueco. Al día siguiente, al despertar, comprueba que la escalera ha sido retirada. Queda prisionero, condenado a ayudar a la mujer a rellenar sacos de arena, que luego se venden ilegalmente para sostener a la aldea, pero a la vez, al recolectar la fina grava, se impide que ésta sepulte la choza en que viven. A cambio de eso, los dirigentes de la aldea les proporcionan agua, víveres y alguna otra distracción. No tiene sentido que siga narrando la trama a quienes ya han visto la película, para los que no lo han hecho, no quiero quitarles el encanto de ver como se desenvuelve tan singular fábula. El argumento es impecable, en su brutal economía presenta un film intenso e impactante.

Se crea un ambiente opresivo hasta la desesperación, uno sale de la sala de cine en apresurada búsqueda de una ducha, para quitarse la arena que parece haberse filtrado desde la pantalla a nuestros cabellos, axilas e ingles. Pero no es sólo la incomoda naturaleza de la fluida materia, que podría considerarse como el gran protagonista de la cinta, sino la fuerza de la situación expuesta. En ese agobiante entorno se desenvuelvan una relación sexual, ya que no erótica, entre los dos personajes. Sudorosos, se les pegan granos de arena, en escenas que lejos de constituir un remanso de la pesada situación, terminan por exasperarnos con el fastidio del polvo implacable. La narración es morosa, la cuidadosa fotografía de Segawa Hiroshi la describe con una parsimonia que contribuye a acentuar la angustia que buscan los autores.

La mujer de la arena fue nominada al Oscar, premiada por el jurado en Cannes. Se ha señalado que tiene influencias del cine europeo contemporáneo (se estrenó en 1964). El director no rehúye de esta inspiración, pues hay explícitas coincidencias con El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais, que reseñamos también en esta columna. ¿Qué será lo que nos atrae de esos filmes de atmósferas sofocantes, en los que unos pocos personajes no consiguen escapar de sus mundos de sueños o de pesadillas? Entonces llega el momento de preguntarse sobre la simbología de esta parábola. ¿A qué se refiere? Las inevitables interpretaciones sociológicas encuentran que alude a la rígida sociedad japonesa, de cuyas convenciones y categorías es prácticamente imposible sustraerse. Visiones más sencillas sostienen que es una clara metáfora de la vida matrimonial, de la que tampoco es posible huir, pero que tiene sus pequeñas compensaciones y, cuando nos dejan las puertas abiertas, preferimos quedarnos. Podrían sintetizarse todas las lecturas en una explicación válida para varias situaciones, si consideramos a la trampa de arena como el destino humano, cualquiera que este sea, en el que estamos forzados a existir inexorablemente y del que finalmente no queremos evadirnos. (ARD)

TRAILER DE LA PELÍCULA

Caparucita-c