Una galaxia de talento

Pocas películas me han despertado mayores expectativas que ésta. Dirigida por Luchino Visconti, un director que no se puede obviar en ninguna lista de los más grandes cineastas de la historia. Está basada en la novela de Thomas Mann, escritor alemán ganador del Premio Nobel de Literatura, sobre quien no puedo escatimar alabanzas, baste decir que me sentiría honrado si me dijesen que soy un mal imitador del gigantesco literato germano. Igual, en mi Olimpo personal de los grandes compositores, Gustav Mahler integra las deidades superiores de la música. Añádase que el papel estelar lo desempeña Dirk Bogarde, otro favorito, protagonista ejemplar en Portero de noche (Liliana Cavani, 1974) y no menos inolvidable en La caída de los dioses, del propio Visconti. Lo acompaña en el reparto Silvana Mangano, siempre me ha parecido que su presencia en una película es garantía de calidad, pues la actriz escogió con exquisito gusto todos sus papeles, entre ellos el que desempeñó en Grupo de familia con interno, otra gran obra de Visconti.

Estaba pues a disposición todo para hacer “la película de las películas”, pero Visconti intentó hacer la obra maestra de las obras maestras. No adelantemos conclusiones porque hay que referirse a otras facetas del filme, como la fotografía, de Pasqualino De Santis, ganador de un Óscar y de cuantos premios se puede imaginar, y el diseño de arte de Ferdinando Scarfiotti, otro superdotado, que consiguen un ambiente de elegancia decadente, con aires muy creíbles de una Belle Epoque agonizante, cuyos detalles se siguen comentado hasta hoy en centenares de páginas. La paleta de colores pastel, especialmente los rosas y los violetas en un diálogo silente con tonos de blanco demacrado, es lo que se debe llamar con propiedad magistral.

El guión fue escrito sobre la mentada novela por Visconti y Nicola Badalucco, un periodista y guionista que ya había colaborado con el director en La caída de los dioses. Trata de un compositor austríaco, llamado Gustav von Aschembach (Dirk Bogarde) que va en busca de descanso a Venecia. En el hotel del Lido donde se hospeda, está también alojada una familia polaca que tiene un hijo preadolescente de una excepcional belleza. Este efebo es interpretado por el debutante sueco Bjorn Andresen, quien fue seleccionado tras un complejo proceso sobre el que mucho se ha hablado, la elección del deslumbrante niño sueco es otro factor que habría debido contribuir a realizar la obra maestra. Von Aschembach se enamora obsesivamente de Tadzio, que así se llama el hermoso muchacho, al que observa desde cierta distancia. En ocasiones el mozalbete le devuelve unas vagas sonrisas a su maduro admirador. Éste se muestra celoso de las relaciones excesivamente afectuosas que tiene su amado con otros jóvenes.

Poco a poco se llega a saber que en Venecia hay una epidemia de cólera, situación que es ocultada por las autoridades para no afectar el turismo. Corren rumores y los visitantes empieza a irse de la ciudad. El mismo Von Aschembach decide partir pero, ya en viaje, un incidente con su equipaje le proporciona el pretexto para regresar. Las ideas del compositor sobre la pasión son expuestas en escenas retrospectivas, en las que discute con un amigo sobre el tema.

Tratando de impresionar al muchacho, Aschenbach opta por ponerse en manos de un peluquero, que le pinta el pelo y los bigotes de negro intenso. Lo maquilla con un una base casi blanca, le pinta los labios. Queda así convertido en una grotesca caricatura. Disfrazado de tal guisa sale a la playa a contemplar a Tadzio. Desesperado mira que lo maltratan en rudos juegos juveniles, le sobreviene la muerte, al tiempo que su tintura capilar resbala asquerosamente disuelta en sudor por su rostro.

La película se aparta en varios aspectos de la novela, desgraciadamente sin insinuar el poderoso simbolismo de la obra literaria. Hay una significativa pérdida de la intensidad dramática del texto de Mann. La muerte en la novela sobreviene de modo más inesperado, pero es una culminación de la angustia permanente del escritor Aschembach ante la amenaza que representa la epidemia de cólera para el bello objeto de su amor. Mientras que en la cinta la enfermedad aparece como un telón de fondo no del todo justificado en la película. La conversión del escritor de la obra original, en el compositor del filme, libertad que por supuesto podía otorgarse el director guionista, no aporta nada. Se quiere asimilar a Aschembach con Gustav Mahler, el compositor del que se tomo la espléndida música, pero no vemos al músico en ninguna de las etapas de su vida en el Bogarde que circula caminando como escaldado sin transmitir una auténtica desesperación en la peor interpretación que le hayamos visto. Visconti afirmaba que Mann mismo quiso reflejar al músico en la novela, pero esta visión no es compartida por los conocedores de la obra del escritor alemán.

Por otra parte, la novela es sutil y al mismo tiempo clara en mostrarnos el propósito simbólico de la historia. El tema no es el amor homosexual y, mucho menos, la pederastia. Tadzio representa el ideal inalcanzable de la belleza que un artista como Gustav Von Aschenmbach siempre perseguirá infructuosamente. Un detalle que se nos escapa a quienes no pudimos leer la obra en el original alemán, es que el apellido del personaje significa “río de ceniza””. Sin embargo, en el filme hay, especialmente en el trabajo de cámaras, una cierta complacencia en mostrarnos una posibilidad perversa en las actitudes del muchacho. Parece un tentador inocente pero consciente. No me asustan las opciones sexuales distintas, lo que estoy diciendo es que ese no era el tema y Visconti se deja llevar por su deseo homosexual equivocando el camino. Hay una anécdota que demuestra que las cosas iban por allí, pues Björn Andrésen, quien no se cansó en decir y demostrar que era heterosexual, contó que se sintió muy desagradado cuando el director de una manera abusiva lo llevó a un bar gay para adultos. Un director heterosexual habría podido cometer el mismo error si en lugar de un mancebo hubiese sido una hermosa doncella, perdiendo el punto mítico para caer en la anécdota sicalíptica.

La rica novela nos presenta otra tesis. Propone el carácter degradante de la pasión, que se refleja en la vergonzosa muerte del intelectual, maquillado y vestido de una manera que antes él había despreciado hasta la repugnancia. La belleza, aun en su más prístina manifestaciones, es un peligro mortal para el mundo del espíritu encasillado en sus torres de marfil. Esto aparece evidente para quienes leyeron el libro, pero en la película, por el escaso tratamiento de la personalidad del Aschembach, no se entendería si no se hubiese recurrido al subterfugio extracinematográfico de las conversaciones con el amigo de Viena.

Entonces, ¿estamos ante una obra maestra fallida? Qué sentido tiene esta afirmación. Si es fallida ya no es maestra, o sea de “mérito relevante entre los de su clase”. Pero al mismo tiempo hay un aporte enorme de aciertos, un despliegue de talentos superiores, que nos impiden llamarla simplemente fallida y nos exigen añadir el calificativo de maestra. Que todo esto no concluyera en un asombroso logro se debe a razones más humanas que divinas. (ARD)

TRAILER DE LA PELÍCULA

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