“La revolución soy yo”

El título completo de este film es La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representado por los internos del Asilo Charenton bajo la dirección del marqués de Sade. Largo para anunciarlo así en cartelera, se lo redujo a Marat/Sade cuando se exhibió en Quito. Tengo buenas razones para afirmar que eso fue en los años setenta, probablemente 1975, a pesar de que la película fue realizada en 1967. Como que tardó demasiado, aunque entonces todas las cintas demoraban algunos meses en llegar hasta las alturas andinas. En Guayaquil se adelantaban unas semanas, pero tampoco allí se podía, como hoy, disfrutar de una obra cinematográfica el mismo día de su estreno mundial. A veces nos enterábamos de que tal o cual filme ya se exhibía en otros países, nosotros estábamos siempre entre los colistas.

Esta realización puede llamarse teatro filmado, pero aprovecha a fondo las posibilidades del cine. Se trata de una obra de Peter Brook, quien ha sido tanto un brillante director teatral, como un notable realizador cinematográfico. Judío de origen letón, nacido en Londres en 1925, apasionado por el teatro y la fotografía desde su niñez, tuvo tempranos éxitos sobre las tablas. Su repertorio en varias compañías iba del teatro más moderno de la época a Shakespeare y los clásicos. Como director cinematográfico obtuvo una nominación a la Palma de Oro en Cannes, por El señor de las moscas, sobre la novela de ese mismo título de William Golding, premio Nobel de Literatura.

La película que analizamos aquí se basa en un drama de Peter Weiss (1916–1982), artista alemán de vanguardia, que usa el recurso shakesperiano de teatro dentro del teatro, es decir que dentro de una pieza los personajes montan otra. El marqués Donaciano Alfonso de Sade, internado en el asilo para dementes de Charenton, monta con otros pacientes un drama que trata sobre la muerte del revolucionario francés Jean Paul Marat. Brook también montó para el teatro el Marat/Sade, que le valió ganar el premio Tony al mejor director en 1966. Su versión cinematográfica no acude a la parafernalia de efectos del cine, sino que juega con recursos elementales del teatro, sobre todo con los esenciales: las voces y la corporalidad de los actores. La austeridad escenográfica es radical. Hay una clara influencia del teatro pobre de Jerzy Grotowsky. En el elenco destaca Glenda Jackson, una de las actrices más notables del siglo XX. Ella dijo sobre su experiencia de trabajar con Brook, “nos hizo creer que éramos lo que dijimos que éramos, es decir, actores, y por tanto, podíamos hacer absolutamente todo lo que se nos exigía” y considera este papel como uno de los importantes de su vida.

Como sabemos, Jean Paul Marat fue uno de los artífices del terror revolucionario que, bajo el lema de “libertad, igualdad y fraternidad” llevó a la guillotina a decenas de miles de personas. Sade adhirió en los primeros días de la Revolución Francesa a las fuerzas que pretendían derrocar a la monarquía absoluta. En parte esta adhesión se debió a que era uno de los pocos presos que permanecían recluidos en la tenebrosa cárcel de la Bastilla, tomada por el pueblo el 14 de julio de 1789. El “divino marqués” estaba condenado no por profesar ideas republicanas, sino por sus prácticas sexuales consideradas como pervertidas. Esas mismas costumbres lo devolvieron pronto a la cárcel, hasta terminar en Charenton considerado como demente. Marat, un jacobino extremista, que a través de sus escritos pedía más y más sangre de supuestos enemigos de la revolución, fue asesinado por Charlotte Corday, una joven que al parecer actuó sin cómplices, movida sólo por sus ideas contrarias a los jacobinos. Marat se mantiene durante toda la película dentro de una tina de baño, mientras escribe un discurso para el siguiente 14 de julio: “siento hervir un pueblo dentro de mi cabeza. Yo soy la revolución”.

En el asilo de Charenton, años después de la muerte de Sade, un médico progresista, Jean-Étienne Dominique Esquirol, impuso prácticas científicas y humanas para el tratamiento de los enfermos mentales, entre las cuales estaba el teatro usado con fines terapéuticos. La ficción combina los dos hechos y los enfermos, dirigidos por Sade, montan una representación ante las autoridades del imperio napoleónico.

Glenda Jackson interpreta a la Corday. Sade se encarna en Patrick Magee (1922-1982), talentoso actor norirlandés que merece más fama y que tuvo notables papeles en las películas La naranja mecánica y Barry Lindon, de Stanley Kubrick. Marat fue representado por el británico Ian Richardson. Hay que notar que, salvo Sade, que todo el tiempo es el mismo, los otros personajes son personajes de la supuesta obra de teatro, pero esencialmente son pacientes de Charenton, por ejemplo, Charlotte Corday es “en realidad” una interna narcoléptica, Marat es un paranoico y así. El manejo de la cámara, móvil, vigoroso y audaz, devuelve permanentemente el drama teatral a un nivel cinematográfico. La música y las canciones son producidas por un grupo de asilados que, como es de esperar, no están en sus cabales, si esta expresión tiene aquí algún sentido. Todos los personajes a cada rato se dejan llevar de sus psicosis, alterando su representación, con lo que los distintos niveles de “realidad” son explicitados en todo momento. El director dijo que su propósito fue “filmar la aventura de la obra tanto como la obra misma, rastreando, a través de los medios del cine, los resortes de su teatralidad”.

Importantes claves de la película surgen en los diálogos que mantienen Donaciano Alfonso, con sus modales de marqués, y el fanático Jean Paul. Versan sobre la revolución, la violencia y el poder. Marat aparece como un resentido que no siente la menor emoción por las matanzas a las que llevan su prédicas: “¿Qué es el sacrificio de unos cuantos aristócratas comparado con el que el pueblo hizo para mantenerlos “. Y cae en el inevitable narcisismo de los líderes revolucionarios. Sade por su parte dice que adhirió inicialmente a la revolución porque creyó que lo que después vendría sería la orgía más grande que se pudiera soñar. El hedonismo utópico contra el resentimiento fanático. El “divino marqués” le dice al revolucionario “tu camino sólo lleva a montañas de muertos”. La revolución enloqueció convirtiéndose en una bacanal asesina. Alimentada por el odio y la violencia iniciales era inevitable que se transforme en una tiranía: “con que facilidad una multitud se convierte en un tumulto”. Al final terminará siendo nada más una anécdota digna del manicomio.

TRAILER DE LA PELÍCULA

Caparucita-c