“You’re fired”

Dicen que la prosperidad de los Estados Unidos se ha construido sobre dos palabras: “estás despedido” (“you’re fired”). Esta hipérbole sostiene que si un trabajador no tiene nunca garantizado su empleo, se esforzará por ser más productivo, laborando siempre como si fuese el primer día, tratando de ser indispensable para su patrono. Un corolario que se puede extraer de esto es que la pobreza del Ecuador se ha construido sobre tres palabras: “Código del Trabajo”. Porque, en efecto, las leyes laborales nacionales, anticuadas y maternalistas, han repercutido en una clase empresarial poco productiva… clase laboral, querrá decir; no, empresarial ratifico, como vamos a demostrar, y en una clase trabajadora angustiada. Dije “hipérbole” porque es una exageración pensar que la grandeza de Estados Unidos se ha construido solo sobre la movilidad laboral, pero no es una mentira, algo de verdad hay en ello. Lo mismo en el corolario ecuatoriano, las principales razones del atraso de esta matria estaban dadas mucho antes de que se dicte tal Código, pero este las ahondó.

No seamos hipócritas. La razón fundamental de la existencia de la tercerización, de la intermediación laboral o como quiera llamársela es la existencia de leyes laborales que desalientan la creación de empresas grandes y de empresarios profesionales. Estos subterfugios y otros (porque existen centenares) se han creado para eludir las imposiciones del famoso Código. Este cuerpo legal al nacer ya estaba errado y luego de setenta años, a modo de arrugas y verrugas, le han salido las más inverosímiles disposiciones. Una de ellas es la jubilación patronal, disposición que exige que tras veinticinco años de trabajo seguidos en una empresa, el empleado u obrero se pueda retirar, quedando el patrono obligado de por vida a pagarle la mitad del sueldo. Lo que trataba esta disposición maternalista es suplir las deficiencias de la seguridad social, así se impuso esta obligación abusiva para el empleador, porque le exige hacer un pago a cambio de no recibir un servicio. Además, no es proporcional: ¿por qué si quiero o debo retirarme a los quince años de trabajo no recibo el 30 por ciento de lo que estoy ganando? En los hechos, ¿qué se saca con esto? Que se busque la manera, legal o paralegal, de deshacerse de los trabajadores que cumplen veinte años de trabajo más o menos.

Peor es el pago del quince por ciento de utilidades de las empresas. Una ley excluyente, porque la inmensa mayoría de ecuatorianos jamás podrán acceder a sus beneficios: las empleadas domésticas, los servidores públicos, etcétera. ¿Qué se logra con ella? Que se busquen miles de fórmulas para evadir este pago, que las hay y seguirán habiéndolas, y que se dificulte la creación de verdaderas sociedades anónimas, que puedan atraer capitales del exterior, cuyos titulares no tienen ningún incentivo en venir a pagar deducciones del 40 por ciento sobre difíciles ganancias. Las empresas ecuatorianas quedan así reducidas a empresas familiares o personales, que se manejan ineficientemente al capricho del dueño, el cual normalmente es el administrador y no tiene ninguna obligación de hacer eficiente su empresa para rendir cuentas y utilidades a accionistas. La máxima, y tal vez la única, ley laboral que debe existir es la obligación de pagar salarios justos, transparentes, establecidos con cálculos inteligibles, en condiciones laborales humanas y saludables.

Publicado originalmente el 28 de abril de 2008 
en Diario El Universo

Ilustración: La Expulsión del Paraíso, boceto en
aguada negra y albayalde sobre papel agarbanzado,
anónimo madrileño c. S. XVII