Carta a un novel comunicador

Con el flamante título bajo tu brazo, no quiero echarte a perder con consejos esta copa con la que brindamos por la culminación de tu carrera. Las personas solo oyen los consejos que confirman sus percepciones y nada más incómodo que un consejo no solicitado. Pero permíteme ciertas ideas que se me han ocurrido en treinta y dos años de relación con los medios de comunicación. No son los diez mandamientos del periodista, ni un código, son asteriscos al margen.

El sonsonete de la “prensa corrupta”, repetido psitácidamente por grandes masas, ha provocado muchas polémicas y reflexiones sobre la ética del comunicador. Querido, hay periodistas corruptos, como los hay médicos, abogados y políticos. Pero las generalizaciones en temas humanos son necesariamente erróneas, de manera que ese estribillo es una tontería… No son tontos quienes lo difunden, sino que lo hacen perversamente para consumo de los tontos, eso sí. Mejor, no hablemos de la corrupción, hablemos de la ética.

La ética del comunicador o del periodista no es ninguna cosa misteriosa. No tiene por qué diferir de la ética general, de aquella que seguimos en cualquier aspecto de la vida. En tanto en cuanto la actividad comunicacional es, por esencia, un acto del lenguaje, las deformaciones morales en las que se puede incurrir son la injuria, el lenguaje usado para dañar a otro; la difamación, comunicar información verdadera que otro quiere legítimamente mantener reservada; y la mentira, expresar conscientemente información que no coincide con la realidad. Pero la injuria es un delito en cualquier ámbito de la vida; el sigilo profesional existe en todas las profesiones; y como no se debe mentir en un diagnóstico médico, en un informe administrativo, no se puede hacerlo en un producto periodístico. Por eso no creo que se necesite una ley especial para juzgar la ética periodística, no somos seres privilegiados que no pueden someterse a los códigos ordinarios. No importa que hayas optado por el género del documental en video, igual usas un lenguaje como lo hace este columnista de opinión y los dos tenemos idénticas obligaciones con la verdad.

Querido hijo, cuando eras apenas adolescente te leí el poema Romero solo, de León Felipe, y te impresionó. Decía el poeta: “Ser en la vida romero,/ romero solo que cruza siempre por caminos nuevos… Que no hagan callo las cosas/ ni en el alma ni en el cuerpo”, eso aplícalo a tus trabajos, sean encargos o empleos. Por eso debes defender tu verdad, sin cerrazón, pero sí con entereza, ante jefes y clientes. No se acaba el mundo con un cargo, ni con un negocio. Hay que ser consecuente, no obsecuente. Esto no quiere decir que se trate de ir atolondradamente, de un lado al otro, proclamando “verdades” que nadie ha pedido. Todo lo contrario, es un llamado al cuidado, a la rigurosa selección del lugar y la circunstancia en la que trabajas, y al inteligente apasionamiento en tus labores, que es la garantía de la calidad. La calidad que es la verdad dicha con elegancia y eficacia, con valor, con valores; si no tienes estos, no vales.

Imagen: Maestro y discípulo. Relieve romano anónimo

Artículo publicado originalmente en el diario El
Universo el 25 de enero de 2011