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Una de las épocas de oro del cine se dio en Italia, digamos, entre c. 1945 y c. 1975. Hubo otras, en otros países y en otros tiempos, pero ésta la sentimos cercana, puesto que en el cielo bajo el que nacimos brillaban estrellas como Sofía Loren y Marcello Mastroiani, Ennio Morricone y Roberto Rosellini, Silvana Mangano y Dino di Laurentiis. Hubo de todo en esa época fabulosa, desde esa tempestad de fuerza y dolor que fue el neorrealismo, pasando por la maravillosa ligereza de la picaresca y el cine erótico, para culminar en esas magníficas pirámides cinematográficas del cine de autor postneorrealista a fines de los sesenta y primeros setenta. En este último grupo encontramos Il giardino dei Finzi-Contini. Obra de Vittorio de Sica  premiada con el Oso de Oro del Festival Internacional del Cine de Berlín, la reputadísima Berlinale. Y para que no queden dudas, también ganó un Oscar a la mejor película extranjera.

Los protagonistas de la historia están encarnados por la actriz francesa Dominique Sanda (¿han visto fotografías de ella últimamente? Nada en el Universo puede escapar a la entropía…), aureamente bella en sus diecinueve años. Por el austríaco Helmuth Berger (nuestro actor favorito,… ni los hombres, ni las mujeres), que en realidad tiene un rol poco destacado. Y por el menos conocido y menos exitoso Lino Capolicchio, quien sin embargo desempeña con lujo su papel, tanto que éste le valió el premio David de Donatello, el equivalente italiano del Oscar. La fotografía es muy propia de esos años pues, mientras el neorrealismo se concentraba en una visión de cámara simple y directa, documental digamos, para que no distraiga de la narración, en esta época (1969) más bien se esfuerzan los realizadores en conseguir imágenes muy elaboradas, muy “cocinadas” decíamos aquí, incluso a nivel técnico, con el uso frecuente, y hasta intensivo, de filtros y otros artificios ópticos. Eso permitía esas escenas tan propias de esos años, con blancos “quemados” (sobre-expuestos) para llenar de magia y misterio todos los ambientes. El director de fotografía, Ennio Guarnieri, era un experto en estos efectos. Filmadas de esta manera hay varias escenas en las que la paleta de color es dominada por el verde, el rojo y los famosos blancos difuminados, gama que coincide con la bandera italiana en un filme que se pregunta también sobre el sentido de lo nacional. La intención con este tipo de expresión es convertir a la fotografía también en un elemento narrativo por sí misma.

La historia está basada en la novela con el mismo título de Giogio Bassani. Trata de una familia judía italiana extraordinariamente rica, que al implantarse las leyes antisemitas del fascismo es expulsada de los clubes exclusivos de la ciudad de Ferrara. Para compensar invitan a amigos a jugar tenis y tener momentos al aire libre en el espléndido jardín de su mansión. Los anfitriones son los hermanos Micòl y Alberto Finzi-Contini. Entre los convidados está el joven Giorgio, también judío, pero hijo de un comerciante más modesto que, en expresión muy típica de su clase, ha apoyado inicialmente al fascismo y desaprueba que su vástago esté enamorado de alguien proveniente de una familia millonaria, tan millonaria que dice “casi no son judíos”. Las clases sociales existen incluso dentro de núcleos tan compactos como las comunidades hebreas. El amor del joven por la bella rica proviene casi de la niñez de ambos, pero ella jamás ha correspondido ese sentimiento y más bien manifiesta un cariño fraternal por el muchacho. La imposibilidad del amor es una de las subtramas interesantes que tiene la cinta. Muy tarde, todos, en especial el padre Giorgio, se darán cuenta del monstruo que realmente constituye el fascismo. La película concluye en una escuela, la misma en que estudiaron Giorgio y Micòl , convertida en un centro de distribución de los judíos hacia los campos de concentración. Separados de sus respectivas familias el padre de Giorgio y la joven Finzi-Contini tienen un encuentro que unifica todos los matices en la tragedia. Tangencial pero muy decidora es la actitud de los funcionarios que llevan a cabo los arrestos y deportaciones. No son asesinos sino pobres diablos burócratas que, por defender el puesto, condescienden a la brutalidad. ¿No han visto por aquí montón de casos así en el socialismo del siglo XXI? (ARD)

TRAILER DE ESTE FILM

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