Mi mundial favorito

montreal_Reece©2010 ilustración: Adn Montalvo Estrada
Publicado originalmente en 2006 en SoHo

           Reflexiones en torno a la grandeza y la banalidad de los campeonatos mundiales de fútbol


“¿Y te vas a perder el Mundial?”, me preguntó Ángel con tono de incrédula sorpresa, cuando se enteró que me iba a Montreal, justamente los días en que se llevaría a cabo en México el campeonato mundial de fútbol. No se refería a que no estaría presente en los partidos de ese evento, sino que simplemente no los vería por televisión. “Tranquilo,” le respondí al ver su alferecía, “Canadá está clasificado, así que allí seguro que televisan los partidos”.En realidad, mi relación con el fútbol es moderadamente lejana. Esta distancia se puede entender mejor si cuento que cuando me preguntan “¿quién crees que va a quedar campeón este año?”, respondo invariablemente “la Católica”, entonces me advierten con una mueca entre despectiva y divertida “pero si la Católica está en la serie B”, por lo que concluyó “entonces no me importa”.

Hay cosas que me interesan más que el fútbol en la vida. A mi me gusta, por ejemplo, el birdwatching, la observación de pájaros, que es a lo que ha quedado reducido mi voyerismo, actividad a la que me dedicaba cuando tenía mejor estado físico, pero no considero admirable ni obligatoria esta afición. El problema es que los futbófilos creen que es mandatorio que no sólo te guste, sino que te fascine su deporte favorito. El argumento supremo de su exigencia es que cómo no me puede gustar algo que enloquece a mil millones de personas,… “bueno”, pueden replicar los que no comparten esa predilección, “por la misma razón que no me gusta lo que encanta a trillones de moscas…”

Recalco, no abomino del fútbol y hacerlo no me parece un mérito, como si les parece a otros, de hecho, he visto por televisión casi todas las finales de la Copa Mundo, es un espectáculo que no está mal. Me molesta sí que el país se paralice un año de cada cuatro, porque es año “del Mundial”. Entonces me pareció perfecto el viaje a Canadá, donde a más de encontrarme con amigos a los que no veía más de dieciséis años, con algunos de los cuales jugaba justamente soccer como le dicen allá, no estaría sometido al infame bombardeo de información futbolística no solicitada.

Parte de mi relación con este deporte justamente viene de cuando estudié en ese país. El colegio en el que estaba quedó ese año campeón estudiantil de fútbol americano. Esa actividad deportiva sí que no entiendo y si en aquella época no pude hacerlo, actualmente no pienso dedicarle cinco minutos. Lo varonil para los adolescentes canadienses era la práctica de ese juego rudo cuando no nevaba, lo que por cierto era raro. El resto del tiempo lo dedicaban al hockey sobre hielo, al que consideran su deporte nacional. Aprovechando las vagas nociones de “soccer” que tiene cualquier ecuatoriano, me inscribí en el equipo de esa disciplina, en la que era obvio que me iría mejor que en las otras para mí desconocidas. Mis compañeros de curso, al enterarse de que jugaría soccer, me dijeron si tenía algún problema con mis hormonas o si jugaba con muñecas en la casa. Exactamente igual que hace aquí la masa mayoritaria con los pobres desgraciados que no gustan del fútbol. No les hice mucho caso, aunque traté de explicarles que lo hacía porque en mi país… bueno ya saben. El caso es que hice algunas buenas amistades en el equipo. El primero fue Bill, al que abordé en la segunda sesión de entrenamiento, porque al terminar la primera vi que lo fue recoger ¡una hermaaana!, de la que podemos hablar otro día.

El caso es que mantuve correspondencia y amistad con Bill y paaarte de su familia, que decidí avivar con una visita luego de tres lustros de ausencia. No sólo con ellos, por supuesto, pero me imaginé que él mantendrían interés por su deporte, de manera que seguramente podríamos ver juntos la final de la Copa Mundo, los partidos de la selección canadiense y, hasta con suerte los de la italiana y de la argentina, que son las que me han gustado siempre.

Aquí una importante digresión. De los rasgos más desagradables de los futbófilos ecuatorianos y de sus profetas radiales, os jornalistas, es su inexplicable adhesión a la selección de Brasil. Es verdad que históricamente es la de mayor éxito, pero si esa sería motivo de adhesión creo que no deberíamos estar a favor de Ecuador precisamente. Estaba justamente viendo por televisión la final de campeonato de Francia, cuando recibí una llamada desde Sao Paulo. Era Fernando Larenas, ese buen amigo y exitoso periodista, que a la sazón trabajaba en esa ciudad y me dijo “te llamo porque debes ser la única persona en Quito que está por Francia”. El fino olfato de corresponsal de Larenas le hizo acertar, prefiero los equipos latinos como Francia, Italia o Argentina. Aunque en estricto sentido, puesto a elegir, escogería Gales, por razones que se pueden encontrar en mi firma, pero ese hermoso país no ha logrado clasificar a los mundiales desde que tengo uso de razón… A prop, aprovecho el espacio que me concede esta revista para saludar a mis amigas y familiares, y decirles que delicado regalo que apreciaré será una camiseta roja de la selección galesa. Besos.

Retornemos a Montreal. Como lo quise me encontré con Bill, a quien la madurez parecía haber hecho más inteligente y simpático. La hermana se había casado y estaba viviendo en Vancouver. Sin embargo, él, al igual que el 95 por ciento de canadienses, ignoraba que su país había clasificado al mundial de fútbol. Ése y todos los deportes, porque así hay gente, dejaron de importarle al salir del colegio. ¡Qué lindo mundial! La ciudad no se paralizaba cuando había partidos, ni siquiera cuando jugaba Canadá. Se podía ver tranquilamente los programas normales. Los muy interesados podían ver por cable con el sistema “pague por ver”.

Bill no tenía cable en su pequeño departamento, había estado en Londres los años anteriores, y se estaba recién instalando en su ciudad natal. Pero fue muy amable en acompañarme a ver la final entre Argentina y Alemania en un pequeño bar, donde se apelotonaban unos doscientos extranjeros, entre europeos y latinoamericanos. Y uso el verbo apelotonar, porque algunos habían llevado pelotas y los más eran unos solemnes… bueno, no viene al caso. La cosa terminó en una tremenda pelotera que no me acuerdo quién provocó, ni por qué, debido a las muchas cervezas que me tomé a la salud de la selección platense. La actuación de la selección canadiense fue desastrosa. Con tres derrotas abultadas. Y, sin embargo, no se les bajó “el autoestima” a los habitantes de ese gran país, que siempre está, en cambio, entre los top five del mundo en calidad de vida, indicador que creo que es más importante.

Se argumentará, y con razón, que el soccer no les interesa a los canadienses y que por tanto, poco puede importarles el destino de su selección de ese deporte. Más o menos tanto como a nosotros pueden afectarnos los resultados de nuestra selección de béisbol. Pero no creo que la historia de Ecuador se desvíe medio milímetro por los resultados de la selección. Después de la “maravillosa” clasificación al mundial de fútbol de 2002 y de la “honrosa” actuación en ese certamen, sólo pocos meses después, el país realizó una elección presidencial que demostraba, meridianamente, que si algo no aumentó es “el autoestima”. Es verdad que hemos escogido cada presidente, que… Dios nos libre, pero los resultados de 2002 demostraban racismo de revancha, resentimiento, complejos, ninguna fe en la democracia y el progreso, el irracionalismo como forma dominante de pensamiento, el triunfo de los intereses de aldea sobre los nacionales, ese cinismo amargado de “mejor que se joda todo”… Es decir los antivalores propios justamente de quienes carecen de “el autoestima”.

En el otro extremo de la situación tenemos a Chile. Hasta, digamos, los años setenta ese país era francamente superior futbolísticamente hablando a Ecuador. Pero en las últimas décadas su resultados en las canchas han sido…. iba a decir deprimentes, pero eso exactamente no han sido, digamos entonces adversos. Y allí sí les encanta el fútbol, tanto que fueron sede de un campeonato mundial. Sin embargo, precisamente en estos lustros, esa república se ha disparado en crecimiento económico y calidad de vida, dejando atrás a todos los latinoamericanos en esos rubros vitales. Y no creo que el no clasificar tiempos a los mundiales les haya bajado “el autoestima” a los habitantes de una nación que comienza a insertarse en el Primer Mundo.

Entonces, sugiero disfrutar del campeonato en la medida en que este, a veces, es un bonito espectáculo y que siempre será agradable que nuestro país gane… si tal cosa llega a suceder. Por mi parte, es más que seguro que veré el partido final y hasta alguno de la selección ecuatoriana. Pero, lo que sí, no traten de vendernos la idea mañosa, equivocada y tonta de que nuestro destino está ligado al de la Tri.