Tontería y poder

KINGLEAR

Consideremos que inteligencia es la facultad de entender racionalmente los problemas y de actuar en consecuencia. Y asumamos que poder es la capacidad de hacer que alguien haga algo. De acuerdo en los términos, constatemos que a medida que aumenta esta segunda capacidad, el poder, la primera facultad, la inteligencia, tiende a disminuir en una proporción que probablemente es matemática. ¿Acaso no ha pasado el lector por la experiencia de tener un amigo, al que consideraba brillante, y que a las pocas semanas de ser ministro se convirtió en un necio visceral que, literalmente, no entiende razones?

Enfatizo en que esta curiosa relación inversa con la inteligencia no solo corresponde al poder político, por supuesto. Se extiende, y de manera chocante, a quienes consiguen ese poder tan sólido que es la riqueza. ¿O es que no tuvieron también el amigo creativo y lúcido, que al conseguir el primer millón se transformó en terco e intransigente? Hay personas y tendencias que consideran que todo poder es, en el fondo, económico. Hacerlo es quedarse en un muy bajo nivel del análisis. Hay poderes que no tienen nada que ver con el dinero. Por ejemplo, eso que se llama autoridad moral, la influencia ideológica y todas aquellas formas de influir sobre los individuos o las masas, sin usar ni la fuerza ni el oro. Pero incluso estos tipos de poder tan “puros” y desinteresados, suelen conducir a quienes los poseen, esencialmente líderes religiosos y políticos, a la obcecación y el dogmatismo, que les impide justamente ese entendimiento racional de los problemas. Todos lo hemos visto.

Otro poder, y bastante eficaz, es la belleza. Se suele decir ligeramente que las mujeres bonitas son tontas. No hay una relación lógica que permita pensar así. Pero sí puede ocurrir, y ocurre, que las beldades, al constatar el poder que les otorgan sus magníficos cuerpos y facciones, caen en la misma obnubilación y cerrazón a la que llegan quienes ostentan otro tipo de poderes. Añadamos que la fama es una forma de poder de lo más entontecedora, señores artistas y deportistas. Por supuesto que hay ciertos escudos contra esta intoxicación. Uno es, claro está, que la inteligencia del poderoso sea, en verdad, grande. Así tardará más en caer en la tontería a la que irremisiblemente conduce el poder, mientras que quienes empiezan desde niveles intelectuales bajos, rápidamente alcanzan la idiotez. Otra protección es la sabiduría, pero en tanto en cuanto esta misma es un poder, el sabio poderoso termina a la larga siendo poderoso a secas.

Esta realidad es muy incómoda para quienes tenemos que sufrir el mando de políticos limitados, que dependemos de magnates insensatos o que estamos enamorados de bellezas bobas. Pero, puede ser que esto, considerado antropológicamente, no sea malo. ¿Dónde iríamos a parar si ocurriese lo contrario? Es decir si los hombres se hicieran más inteligentes, en la medida en que adquieren poder. Es obvio que en pocos años, el mundo terminaría en las pocas manos de unos cuantos genios omnímodos e incontrastables. Debe haber, pienso, un mecanismo psicológico, establecido genéticamente para protección de la especie, que impide el eficaz funcionamiento del cerebro de los poderosos, evitando así que predominen excesivamente, amenazando la supervivencia de sus congéneres.

Publicado originalmente el 21 de julio de 2006 
en Diario El Universo

Imagen: Edwin Forrest como el Rey Lear.
Creado por Gebbie & Husson Co.Ltd.
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